Las páginas del viento – Tercer Premio del IV Certamen Literario “Universo de cartas de amor y/o desamor”

No necesito girar la cabeza para comprobar que te hallas justo detrás de mí. Reconozco el olor de tu característico perfume y el carraspeo de fumador empedernido que te delata cuando estás nervioso. Ni siquiera preciso que esboces saludo alguno para saber que, a partir de ese justo instante, dispondremos de diez días para nosotros dos. Sin embargo, mientras Belén rebusca en los bolsillos de su desmadejada rebeca las monedas para pagar su material escolar (dos cartulinas rojas, un bote de pegamento y unas tijeras), no puedo evitar mirarte de soslayo y, de manera casual, formularte sin ambages la misma pregunta que repito cada vez que nos encontramos, en los diferentes escenarios que nos ofrece esta ciudad de provincias: “¿Cuándo has venido, Agustín?” Con la ingenua mueca impresa a tus carnosos labios, con la que haces desaparecer de un plumazo los pesares que he ido acumulando por tu ausencia, respondes lacónico: “Esta mañana, Adela”.

Belén sabe que durante algo más de una semana no cenaré en casa. Almorzaré frugalmente para, a continuación, bajar del piso acompañada de Angustias, con el fin de atender la clientela de la tienda de ultramarinos. Una vez acabada la jornada laboral, dispondré de suficiente tiempo para acicalarme.

A sus nueve años es una chiquilla avispada. Sus ojos color miel, tan similares en tonalidad a los míos, sonríen discretos al salir de la papelería. Quedas rezagado unos minutos y, cuando nos alcanzas, le entregas a la niña el volumen en formato bolsillo de una preciosa enciclopedia ilustrada que has comprado para ella. Estoy segura que ese, y no otro regalo, será el que evidencie el recuerdo material al que me tienes acostumbrada.

“Otra vez está aquí él, ¿verdad?”, me reprocha Angustias, robando la poca intimidad que anhelo, mientras me maquillo frente al tocador. “Él tiene nombre y apellidos”, le suelto, “no hace falta que te dé explicaciones”. Ella se queda quieta cual estatua, con los brazos cruzados y apoyada indolente en el vano de la puerta, con ese gesto severo tan suyo que le avinagra el carácter, siempre vestida de negro, como si viviera un luto perpetuo. “No te da vergüenza, Adela. Bueno, no la tienes… ¿Qué pensarían en el pueblo si se enterasen? Si Belén contara algo, ya sabes, es una cría…”. No le contesto, puesto que no merece la pena. Nuestra sobrina no es boba, apenas habla con sus padres por teléfono o les escribe. La madre no parece echarla de menos durante el curso, enfrascada en la crianza de su hijo, el varón de la casa, como se jacta ufano su padre, que apenas asistirá al colegio y heredará cuando alcance los veintiuno las tierras. Ya te lo he referido, Agustín: no comprendo a Angustias, ni mucho menos a mi otra hermana, Elena. Esta última es un pobre pelele, manejada por su marido, Manuel. Desde adolescente pensó que los brazos de mi cuñado serían su liberación, qué equivocada estaba… Y luego para qué, para seguir cuidando a nuestro padre que la despreció desde que era una mocosa, que ni siquiera asistió a su boda porque se casó preñada de un hombre que no quería para su hija. El viejo cascarrabias… Ella no es quién para darme lecciones de moral. Tampoco Angustias, que hizo que lo nuestro nunca llegara a buen puerto, sembrando cizaña con sus malas artes. Por eso, cuando se me presentó la oportunidad, porfié para que Belén (por fin la has conocido), no se quedara en el pueblo y vegetara como su madre. “Nosotras no tuvimos la oportunidad de estudiar, Angustias. La niña se labrará su futuro lejos de ellos”, le referí cuando cumplió los cuatro años.

Tu hija tiene la misma edad que Belén. Vi sus fotos la primera vez que me abriste las puertas de tu hogar. No te dio tiempo a ocultarlas en un cajón. También me fijé en tu mujer, que salía con ella, posando sonriente. Muy guapa, te dije, sin mostrar trazas de celos. Y cuando quisiste justificarte, te sellé los labios con una de mis manos. No quise saber nada de tu esposa, una joven morena, de largos cabellos oscuros; ni de la pequeña, con esos ojos almendrados verde oliva heredados de ti, que me sedujeron cuando apenas contaba dieciséis años. Así es, no quise saber nada de ellas, porque no quería bucear en los pliegues de tu pasado. No era mi intención que inventaras excusas inverosímiles acerca de los verdaderos motivos que te condujeron a volverme a ver, hace ahora un lustro.

Lo recuerdo como si hubiese sucedido ayer mismo. Fue una mañana de comienzos de febrero. El agudo tintineo de las campanillas de la tienda sonó para indicar la entrada de un nuevo cliente. Creí desfallecer al verte entrar, como si fueses un fantasma. Empalideció mi rostro de tal modo que Angustias pensó que me sucedía algo. Cuando se percató que eras tú, portando un ramo de doce rosas blancas, primorosamente envuelto en celofán, supo que el pasado regresaba con la brusquedad de una bofetada.

La mojigata de Angustias suspiraba por ti y no soportaba que estuvieras enamorado de mí. Se valió de innumerables ardides para romper nuestra relación. Un verano te marchaste con tu familia a la capital y ya nunca más regresaste. Los estudios, me decían tus padres, que sí continuaron acudiendo con periodicidad al pueblo. Es un muchacho muy estudioso, Adela. Y te escribía, a la dirección que ellos me proporcionaron, largas e inconexas cartas como la que ahora te escribo. Guardo estas misivas en un lugar inaccesible para mi hermana, sin embargo, las que te enviaba, impulsadas por un corazón desbocado, no recibían respuesta. De ellas no albergo copia. Estoy segura que, si me lo propusiera, las reproduciría milimétricamente.

Aprendí a perdonar con el tiempo. Tanto a ella como a ti, Agustín. Con Elena no podía contar para desahogar mi pesadumbre; ni mucho menos con mamá, que languidecía en el lecho como consecuencia de su prolongada enfermedad. Por eso, tras su muerte, hicimos las maletas Angustias y yo y nos trasladamos con lo puesto a esta deprimente ciudad de provincias.

Los días que estoy contigo la ciudad va adquiriendo una luminosidad diferente. Fantaseo con el hecho de que me convierto en tu esposa, resplandeciendo en el anular de la mano derecha la alianza de brillantes que me entregaste, al año siguiente de tu aparición en el umbral de la tienda que Angustias y yo regentamos. Luzco coqueta el conjunto de lencería parisino que me diste hace dos y me embriago con gotas de suave esencia de gardenias, del frasco con el que me obsequiaste recientemente.

“Quítate de en medio, Angustias. Ya me hiciste mucho daño, ¿no te parece? Me da igual que me trates como si fuera una vulgar ramera, me es indiferente. Está casado, sí. Está felizmente casado y tiene una hija. Me llena el oído de falsas promesas, de palabras vanas y zarandajas, pero yo le deseo”. Sé que se apartará para dejarme salir, farfullando y lanzándome maldiciones veladas para después ponerse a rezar un rosario. Sé que me esperará despierta al alba, lo sé porque compartimos dormitorio y es incapaz de disimularlo. Luego le apreciaré los rastros de insomnio: las mejillas mortificadas por leves ojeras que a lo largo de los días le irán dejando su impronta, hasta verse obligada a suavizarlas con la ayuda de mi contorno de ojos. Es tan retorcida que teme verse sola, Agustín. Piensa que cometeré la locura de irme lejos contigo.

No hemos necesitado telefonearnos, ni escribirnos, para reencontrarnos cada primero de febrero. El reflejo del escaparate de una boutique, el parque cercano a casa, el trayecto del bulevar o una papelería son los lugares en los que coincidimos desde que me buscaste con el ramo de flores.

“¿Cuándo has venido, Agustín?” “Esta mañana, Adela”.

Y la piel erizándose como a los dieciséis, cuando tus manos guiaban las mías en un tímido baile de la verbena popular. La sensación de que me falta el aire y el suelo parece desgajarse en pétalos a mis pies. Me refugio entonces en los confines de tu sonrisa, y busco en la quietud de la noche tus lisonjas. Me desnudo el alma entre tus brazos, en busca de ese placer que me consume…

“Ojalá todo fuera sencillo, Adela”, me susurras. Y yo sello tus palabras con besos fugaces.

“No hables, no digas nada”, te ruego, y nos convertimos en amantes de medianoche, en ladrones de caricias furtivas, amparados por el cercano rumor del río. Las palabras enmudecen en tu garganta y las mías se dispersan en estos escritos sin destinatario, cobijadas por el hálito de tu cuerpo enredado en el mío. En tus dedos que recorren mis pechos sin premura, sabios, que prosiguen su senda sin detenerse, creo renacer una y mil veces… Durante diez días soy otra Adela, la Adela amante, esposa, madre. Porque fantaseo con que Belén sea nuestra hija, y la imagino estudiando en el colegio de pago de la tuya. Y me veo a mí misma reflejada en el tosco espejo de la fantasía, acompañándote a las cenas de los congresos de medicina forense, en lugar de tu mujer.

Paseamos por las calles cogidos de la mano, sin importarme que cualquier cliente asiduo nos pueda sorprender. Qué más da lo que ellos digan, que vivan su vida y dejen la de los demás en paz. Mi vida es gris pardo, como la rebeca de mi sobrina, llena de remiendos. Mi existencia despierta de su letargo cuando estás conmigo, Agustín.

Esta noche tocaré el timbre y esperaré paciente a que me abras. Escribo con la mente estas apresuradas palabras que luego volcaré en papel, en unas páginas mecidas por el desvelo. Las sábanas de tu alcoba nos acogerán. La calefacción invitará, después de amarnos como si no hubiera un mañana, a degustar los manjares que dejarás preparados en una fuente de cristal. Y al día siguiente volveremos a vernos, y al otro, y al otro, y será como el primer día… Y así, estoy segura, continuarán transcurriendo los años, enfrentada al azogue de la realidad, a las incipientes arrugas que irán acumulándose bajo los párpados, agolpándose en las líneas de expresión. Belén irá creciendo, como tu hija, y tu adorable esposa desconocerá que una mujer la suplanta cada primero de febrero. Una mujer que seguirá escribiendo infatigable estas epístolas, las páginas que arrastra el viento…

 

© José Manuel Muñoz Serrano

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