Fragmento de “En días de cielo gris”

Gregorio comenzó a morir el día que detuvieron a Martín. Perjuró que a quien se llevaban preso no era su hijo, sino un monstruo. Y Rosalía, con todo el dolor de su corazón, apoyó sus palabras. Ella le aseguró que no iría a visitarlo a la cárcel, y así lo mantuvo hasta la fecha, pese a tenerlo siempre presente en el pensamiento. Cuando las fuerzas le flaqueaban, a solas en la salita de estar, buscaba en un cajón del aparador las foto­grafías de Martín y lloraba, enjugándose las lágrimas, mientras repasaba del álbum encuadernado en cuero las instantáneas de sus dos nietos.

Lo más duro para ambos resultó vivir a tan solo tres calles de distancia de la casa de su nuera y tener el acceso vedado a los niños. Ni siquiera les permitieron acceder a la habitación de hospital donde estuvo ingresada Soledad. Sus consuegros y la tía carnal de ella, Angelines, apostados en el pasillo, les obligaron a marcharse de malos modos. Los pequeños, con la inocencia de la edad que salva la barrera del resentimiento, al escuchar la discu­sión a escasos metros donde se hallaban con su madre, corrieron a besar a los abuelos, pero enseguida la tía abuela Angelines los reprendió, agarrándolos de la mano con firmeza.

—Sólo son niños, mujer. Por lo que más quieras, déjanos estar cinco minutos con los críos… —Le suplicó Gregorio.

Comprendían que la familia de Soledad no quisiera saber nada de ellos. Resignados, los ancianos apenas salían a la calle, para evitar tropezarse con los consuegros y ser testigos de unos des­plantes que no harían sino agravar la situación. Al menos, re­cibían con frecuencia las visitas de sus otros tres hijos, que les instaban a dejar el pueblo y vivir en casa de cada uno de ellos durante una temporada.

—Esta es nuestra casa y de aquí no nos iremos —les replicó Gregorio tajante.

Gregorio y Rosalía acudieron a la cita que solicitaron con antelación a la notaría, casualmente el mismo día que Soledad regresó del hospital. Pasaron por su acera y se encontraron de bruces con la joven, saliendo desfallecida de la ambulancia. La acompañaba su madre, que la llevaba del brazo porque apenas se podía sostener. En sus párpados y pómulos amoratados se podían leer las huellas de la última paliza que había recibido de manos de Martín.

—Será mejor que sigamos hasta la parada de autobús, Gre­gorio. Ya verás que cuando pase algo más de tiempo nos dejarán estar con nuestros nietos —le propuso Rosalía sin detenerse.

Acomodados en el despacho de la notaría, procedieron a mo­dificar el testamento. Consideraron que las dos fincas serían re­partidas a partes iguales entre los tres hijos y un terreno rústico correspondiente a la huerta, lindando con la margen izquierda del río, según atestiguaba la escritura de la propiedad, lo destina­rían a los nietos. Asimismo, se afianzaron en su firme propósito de desheredar a Martín. (…)

© José Manuel Muñoz Serrano.

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Así comienza “En días de cielo gris”

En días de cielo gris

Días grises en los cuales llueve por dentro

y las nubes están por fuera.

Anónimo

«Demasiada carga emocional», fueron las tres primeras palabras que le vinieron a la mente tras recibir la carta certificada donde se le confirmaba su participación en el II Simposio sobre Privación Sensorial. Veinticinco días antes, expresó vía telefónica su interés en colaborar con la organización del evento, en calidad de po­nente. Contestó sin medir las consecuencias de sus actos, de for­ma autómata y desinteresada, como si fuese una gestión más de su labor como docente universitaria que le reportaría una nueva cota de prestigio. Sin embargo, verse ahora en el documento oficial donde aparecía anunciada su intervención, junto al de otras eminencias del ámbito cognitivo-conductual de la psicología y de la medicina forense, le hizo rememorar los peores días de su existencia.

Excma. Sra. Dra. en Historia del Mundo Contemporáneo, Dª. Eliana Sacheri Castro (…)

(…) II Simposio sobre Privación Sensorial (…)

(…) paraninfo de la Facultad de Psicología de la Universi­dad Complutense de Madrid (…)

Fue leyéndola a golpes de vista, saltándose el contenido de párrafos enteros, hasta dar con la temática de su ponencia:

La tortura en la dictadura chilena del general Augus­to Pinochet Ugarte (1973-1990). Una aproximación hacia situaciones límite y experiencias traumáticas de carácter político.

Esa forma de lectura en diagonal aplicada a extractos de actas judiciales, artículos, transcripciones de documentos sonoros y re­cortes de prensa, le iría resultando esencial para desbrozar el material destinado al eje principal de su investigación: los represaliados en la dictadura chilena. Tras sufrir en carne propia las huellas de la tortura, durante varias semanas Eliana no haría otra cosa que recopilar información, bien fuera sobre el terreno, contactando con familiares de desaparecidos, de quienes iba teniendo constancia o bien, transcurrido un lapso temporal de varios años, decenas incluso, recurriendo a hemerotecas y entrevistándose con supervivientes, gracias al milagro de las nuevas tecnologías.

Necesitaba conocer sin subterfugios lo que llegó a ocurrir en su país de adopción (ya que siempre se consideró chilena y no argentina, donde nació y vivió durante su primer año y medio de vida). Quitarse la venda que le impedía visionar la realidad, lo que acontecía ante sus atónitos ojos. Ella, que a diferencia de Hum­berto no se interesaba por cuestiones políticas, no pudo evitar introducirse en pequeños grupos de resistencia, destinados a la búsqueda de desaparecidos forzosos.

Para Eliana, Chile representaba una de las principales arterias sangrantes del corazón de Latinoamérica. Sus latidos le infundían el ánimo preciso para no claudicar, tratar de reconciliarse con el ayer y labrar su porvenir a miles de kilómetros de distancia. En el exilio, durante la estancia de un año en Canadá, aprendería francés e inglés. Posteriormente, instalada en España, llegaría a rehacer su vida, se casaría y proseguiría sus estudios universitarios. Por más que quiso intentarlo a lo largo de su frustrado matrimonio, le resultó imposible suplir el recuerdo que llegó a sembrarle Humberto en las parcelas del sentir.

***

En realidad, Humberto Rodríguez Salazar y Eliana Sacheri Castro no podían ser más opuestos. Eran la noche y el día. Cuando se conocieron, ella comenzaba la licenciatura de Historia y él estaba finalizando la de Psicología. Les separaban cinco años de diferencia y la clase social, aspectos más que suficientes por sí mismos para delimitar fronteras infranqueables. Eliana procedía de una adinerada y emprendedora familia de origen argentino, radicada a mediados de los años cincuenta en la turística Viña del Mar, perteneciente a la región de Valparaíso, concretamente en el populoso barrio residencial de Recreo; en cambio, la de Humberto, humilde, de origen mapuche y oriunda de Cañete, histórica ciudad de la provincia de Arauco, se dedicaba a la agricultura y ganadería, cuya productividad exponía a la venta con pingües beneficios en las anuales ferias agrícolas ganaderas y forestales, que tenían lugar durante los meses de enero y febrero. Eliana, hija única, vivía independizada en Providencia, uno de los barrios más seguros y prósperos de Santiago, en un cómodo apartamento propiedad de sus padres, Ezequiel y Valentina, que habían hecho del negocio de la gestión inmobiliaria su holgada forma de vida. Humberto, por el contrario, se había instalado desde que comenzara sus estudios en una covacha de La Victo­ria (que se convertiría en uno de los barrios foco de oposición al alojar a los grupos de la izquierda política de la capital) cuyo alquiler conseguía afrontar con dificultad. Era el pequeño de tres hermanos varones y el único que obtendría título universitario. A lo largo del curso, trabajaba de camarero y asistía con frecuencia a las juntas políticas que organizaba el partido al que estaba afiliado desde que cumpliera la mayoría de edad, de manera que conjugaba empleo, estudios y actividad oratoria como representante de las nuevas juventudes socialistas, con las pasiones que compartía con Eliana: el cine centro-europeo y hollywoodiense de los años treinta a sesenta, así como el análisis de la conducta humana en situaciones límite.

Humberto le confesó en su momento que el enfoque de su doctorado giraría encaminado al análisis de la privación sensorial. Eliana le miró interrogativa enarcando las cejas, con sus almibarados ojos grises dibujando un esbozo de asombro, esperando una explicación del porqué de esa elección y no otra. Le ofreció no sólo la explicación acerca de lo que consistía, sino una estimulante clase práctica.

***

Greta Garbo, «La divina», les unió.

Eliana se instalaba cada jueves por la tarde en el centro de la platea de la sala de proyecciones de la Filmoteca de la Universidad —el 11 de septiembre de 1973 las nuevas autoridades militares expulsarían a todos los trabajadores del departamento de cine—, sin temor a que nadie ocupara su butaca. Podía elegir cualquier otra, dada la escasa afluencia de cinéfilos entre semana, sin embargo, para ella era la mejor posición, puesto que mirase donde mirase podía analizar la asistencia semanal de quienes coincidían con sus gustos: casi todos estudiantes de ambos sexos y algún que otro hombre de mediana edad. Humberto, por su parte, prefería la misma fila de ella, sobre todo las esquinas, ora a derecha, ora a izquierda. Jamás se saludaban, a lo más se intercambiaban sonrisas.

Pero uno de esos jueves, al inicio de la proyección de Mar­guerite Gautier, él se levantó con sigilo de su sitio y se situó a su lado. No se dijeron nada, para no variar, tan sólo él realizó un gesto interrogativo que no esperaba contestación, señalando con el dedo la prenda de ropa doblada que ella había colocado a su vera. Eliana se limitó a apartar su gabardina beige y ponerla plegada en el regazo, para que Humberto ocupara el asiento contiguo a su derecha. Enseguida se centró en la envidiable capacidad interpretativa de la Garbo, su actriz favorita, dando substancia a la emotiva historia que recreaba el decadente ambiente deci­monónico de la novela de Alexandre Dumas hijo, La dama de las camelias. A medida que avanzaba el metraje, Eliana comenzó a experimentar cierta turbación al sentirse examinada por su acompañante. Una placentera sensación fue abrazándose a su piel, como si la mirada de carbones encendidos de aquel joven la traspasara y hurgara en la hondura de sus sentimientos. Dejó de importarle las inquietudes de Armand y la aparente fragilidad de Marguerite, para sentir los grandes y ligeramente rasgados ojos de aquel chico descender suaves por su cuello, en lánguida caricia, hasta detenerse en el inicio de su leve escote. Él escalaba la vista entonces hasta su ruborizado rostro y volvía a descender con lentitud la mirada, hasta llegar al límite acotado por la blusa. La misma caricia visual proseguía, recorriendo los rizos del cabello castaño ceniza, los lóbulos de las orejas desnudos de perlas, el arco ciliar, el azoramiento de las mejillas, y se volvía a contener, recreándose en la curvatura de los labios mostrados de perfil, antes de volver a viajar incansable, delimitando una y otra vez el mismo recorrido. Eliana cerró los párpados y fue percibiendo el aliento de él susurrándole los diálogos más apasionados de la película, instantes antes de ser reproducidos en la gran pantalla. En ningún momento se sintió violentada, pues ni la mirada ni la voz eran lujuriosas, sino impregnadas de una insólita ternura, de ahí que fuera dejándose enmarañar los sentidos poco a poco. (…).

 

© José Manuel Muñoz Serrano.

 

 

Avance de mi próximo libro…

La realidad para Eliana era la perennidad de los instantes compartidos, prendidos a sus emociones cada vez que se reencontraban. Los sentidos se le nublaban cuando estaba junto a Humberto y lo demás, todo cuanto la rodeaba, se tornaba insustancial. La lejana tarde en que se dejó acariciar por su mirada, sin mostrar más que un fútil pudor, fue el prólogo del arrebato pasional que, intuía, sucedería tarde o temprano.

Una tarde aceptó ser su cobaya humana, experimentar durante el intervalo de unas horas cómo reaccionaría si fuera privada del sentido de la vista. Rebuscó entre su lencería un pañuelo de seda negro y se lo ofreció a Humberto. Se quedó sentada en el salón, con los ojos vendados, mientras escuchaba cómo él se deslizaba sin premura por el pasillo. Luego ella se dirigió a la cocina y allí estaba él, preparando una ensalada de congrio. Podía distinguir los olores, el corte seco del cuchillo al trocear los tomates, la lechuga y la fruta sobre la tabla de madera, el fluir del agua del grifo, los pasos moviéndose de un lado a otro, hasta dar con dos copas en la alacena que hizo sonar con el tintineo de un fingido brindis. Más tarde, el tacto de sus manos en sus mejillas, la colonia barata que para ella era tan envolvente como el perfume más caro y el áspero roce de su barba en el cuello. Eliana se sentó a la mesa del comedor, donde Humberto fue disponiendo los cubiertos y platos sobre un mantel de lino bordado, que encontró en un cajón del aparador. Colocó en el centro un antiguo candelabro, cuyas velas fue encendiendo con chasquidos de su mechero. La cena discurrió en silencio, recibiendo la guía pertinente para que Eliana no vertiese nada de la exquisita ensalada y la macedonia sobre el mantel, y pudiese brindar con el vino español que ella reservaba para ocasiones especiales. Una vez terminada la suculenta cena, en el baño, él procuró dejarle sobre el borde del lavabo, al lado del grifo, el cepillo de dientes con su dentífrico puesto, así como el cepillo del pelo en la repisa. Intuyó que Eliana se peinaría antes de dormir, y así lo hizo en efecto. Ya en la alcoba, ella percibió el sonido metálico de la hebilla del cinturón de él toparse con el cabecero y oyó cómo empujaba las pantuflas fuera de la alfombra para quitarse el pantalón. Eliana no quiso demorarse y de pie se desprendió del vestido, haciéndolo descender grácil al suelo nada más desabrochar la corcheta y la cremallera. Sus dedos trémulos jugaron torpes con el cierre del sujetador y por último se bajó las bragas. Con un puntapié apartó la ropa y dio varios pasos, sin tropezar con la cama, hasta situarse frente a su instructor. Su excitada piel contra la desnuda piel de Humberto. Los fuertes brazos de él rodeando su cintura, los de ella explorando territorios ignotos. Las palabras enmudecidas, aliadas de un silencio que dialogaba más que mil palabras… El abrazo de las sábanas, acogiendo a dos amantes que se descubrían por vez primera. Un cuerpo que Eliana podía palpar y gozar, hasta yacer finalmente exhausta…

Esa noche no pudo dormir, ni tampoco las subsiguientes, quedando irremisiblemente fatigada. Estaba viviendo un sueño y no quería despertar. Si el insomnio la dejaba aturdida le era indiferente, en su pensamiento sólo existía Humberto. Los meses que convivió con él fueron los mejores de su vida. (…)

© José Manuel Muñoz Serrano.

Reflejos de luna plateada – Poema extraído de mi libro “Pieles en penumbra”

Si algún día el pasado regresara…

 

Si pudiera volver a amarte,

y mis manos tuvieran la dicha

de sentir el trémulo roce de tu piel,

yo renacería una y mil veces

entregado al abrazo de tu amor,

para de nuevo adorarte y besarte,

dejando atrás el lodazal de mi vida,

de amargo y perenne sabor a hiel.

 

Amanece mi deseo y enseguida

se extingue, se deshace cual niebla

en jirones, desgarrada por cálidos

y vigorosos dedos del vespertino sol.

 

Tu nombre y rostro se disuelven,

entrelazados en cruda tiniebla

de la cruel y egoísta despedida,

que elabora del dolor su crisol.

 

La débil luz del alba intenta teñir

con su placidez mis desvelos,

que inundan de oscuro pesar

mi existencia, atribulada y herida.

 

Mas siento que sólo viajo a la deriva,

buscándote bajo infinitos cielos,

en lugares donde la delgada y sutil

línea del vasto horizonte se difumina.

 

Jamás podré saber del funesto penar

que ensombreció de congoja tu alegría,

ni de las afiladas y cortantes espinas

que desgarraron con perfidia tu corazón.

 

Y por más que invoco tu presencia,

y lanzo al viento de la angustia mi voz,

no hallo respuestas a mi desolación,

a la creciente aflicción de mi consciencia.

 

Te sumergiste en una ciénaga,

de azabaches y pútridas aguas

una glacial y maldita madrugada…

 

Y allí acudo para rescatar de su superficie

tus pálidos reflejos de luna plateada,

ese efímero y esquivo atisbo de ilusión

de reencontrarte, mi lucero, mi pasión.

 

© José Manuel Muñoz Serrano.

Las páginas del viento – Tercer Premio del IV Certamen Literario “Universo de cartas de amor y/o desamor”

No necesito girar la cabeza para comprobar que te hallas justo detrás de mí. Reconozco el olor de tu característico perfume y el carraspeo de fumador empedernido que te delata cuando estás nervioso. Ni siquiera preciso que esboces saludo alguno para saber que, a partir de ese justo instante, dispondremos de diez días para nosotros dos. Sin embargo, mientras Belén rebusca en los bolsillos de su desmadejada rebeca las monedas para pagar su material escolar (dos cartulinas rojas, un bote de pegamento y unas tijeras), no puedo evitar mirarte de soslayo y, de manera casual, formularte sin ambages la misma pregunta que repito cada vez que nos encontramos, en los diferentes escenarios que nos ofrece esta ciudad de provincias: “¿Cuándo has venido, Agustín?” Con la ingenua mueca impresa a tus carnosos labios, con la que haces desaparecer de un plumazo los pesares que he ido acumulando por tu ausencia, respondes lacónico: “Esta mañana, Adela”.

Belén sabe que durante algo más de una semana no cenaré en casa. Almorzaré frugalmente para, a continuación, bajar del piso acompañada de Angustias, con el fin de atender la clientela de la tienda de ultramarinos. Una vez acabada la jornada laboral, dispondré de suficiente tiempo para acicalarme.

A sus nueve años es una chiquilla avispada. Sus ojos color miel, tan similares en tonalidad a los míos, sonríen discretos al salir de la papelería. Quedas rezagado unos minutos y, cuando nos alcanzas, le entregas a la niña el volumen en formato bolsillo de una preciosa enciclopedia ilustrada que has comprado para ella. Estoy segura que ese, y no otro regalo, será el que evidencie el recuerdo material al que me tienes acostumbrada.

“Otra vez está aquí él, ¿verdad?”, me reprocha Angustias, robando la poca intimidad que anhelo, mientras me maquillo frente al tocador. “Él tiene nombre y apellidos”, le suelto, “no hace falta que te dé explicaciones”. Ella se queda quieta cual estatua, con los brazos cruzados y apoyada indolente en el vano de la puerta, con ese gesto severo tan suyo que le avinagra el carácter, siempre vestida de negro, como si viviera un luto perpetuo. “No te da vergüenza, Adela. Bueno, no la tienes… ¿Qué pensarían en el pueblo si se enterasen? Si Belén contara algo, ya sabes, es una cría…”. No le contesto, puesto que no merece la pena. Nuestra sobrina no es boba, apenas habla con sus padres por teléfono o les escribe. La madre no parece echarla de menos durante el curso, enfrascada en la crianza de su hijo, el varón de la casa, como se jacta ufano su padre, que apenas asistirá al colegio y heredará cuando alcance los veintiuno las tierras. Ya te lo he referido, Agustín: no comprendo a Angustias, ni mucho menos a mi otra hermana, Elena. Esta última es un pobre pelele, manejada por su marido, Manuel. Desde adolescente pensó que los brazos de mi cuñado serían su liberación, qué equivocada estaba… Y luego para qué, para seguir cuidando a nuestro padre que la despreció desde que era una mocosa, que ni siquiera asistió a su boda porque se casó preñada de un hombre que no quería para su hija. El viejo cascarrabias… Ella no es quién para darme lecciones de moral. Tampoco Angustias, que hizo que lo nuestro nunca llegara a buen puerto, sembrando cizaña con sus malas artes. Por eso, cuando se me presentó la oportunidad, porfié para que Belén (por fin la has conocido), no se quedara en el pueblo y vegetara como su madre. “Nosotras no tuvimos la oportunidad de estudiar, Angustias. La niña se labrará su futuro lejos de ellos”, le referí cuando cumplió los cuatro años.

Tu hija tiene la misma edad que Belén. Vi sus fotos la primera vez que me abriste las puertas de tu hogar. No te dio tiempo a ocultarlas en un cajón. También me fijé en tu mujer, que salía con ella, posando sonriente. Muy guapa, te dije, sin mostrar trazas de celos. Y cuando quisiste justificarte, te sellé los labios con una de mis manos. No quise saber nada de tu esposa, una joven morena, de largos cabellos oscuros; ni de la pequeña, con esos ojos almendrados verde oliva heredados de ti, que me sedujeron cuando apenas contaba dieciséis años. Así es, no quise saber nada de ellas, porque no quería bucear en los pliegues de tu pasado. No era mi intención que inventaras excusas inverosímiles acerca de los verdaderos motivos que te condujeron a volverme a ver, hace ahora un lustro.

Lo recuerdo como si hubiese sucedido ayer mismo. Fue una mañana de comienzos de febrero. El agudo tintineo de las campanillas de la tienda sonó para indicar la entrada de un nuevo cliente. Creí desfallecer al verte entrar, como si fueses un fantasma. Empalideció mi rostro de tal modo que Angustias pensó que me sucedía algo. Cuando se percató que eras tú, portando un ramo de doce rosas blancas, primorosamente envuelto en celofán, supo que el pasado regresaba con la brusquedad de una bofetada.

La mojigata de Angustias suspiraba por ti y no soportaba que estuvieras enamorado de mí. Se valió de innumerables ardides para romper nuestra relación. Un verano te marchaste con tu familia a la capital y ya nunca más regresaste. Los estudios, me decían tus padres, que sí continuaron acudiendo con periodicidad al pueblo. Es un muchacho muy estudioso, Adela. Y te escribía, a la dirección que ellos me proporcionaron, largas e inconexas cartas como la que ahora te escribo. Guardo estas misivas en un lugar inaccesible para mi hermana, sin embargo, las que te enviaba, impulsadas por un corazón desbocado, no recibían respuesta. De ellas no albergo copia. Estoy segura que, si me lo propusiera, las reproduciría milimétricamente.

Aprendí a perdonar con el tiempo. Tanto a ella como a ti, Agustín. Con Elena no podía contar para desahogar mi pesadumbre; ni mucho menos con mamá, que languidecía en el lecho como consecuencia de su prolongada enfermedad. Por eso, tras su muerte, hicimos las maletas Angustias y yo y nos trasladamos con lo puesto a esta deprimente ciudad de provincias.

Los días que estoy contigo la ciudad va adquiriendo una luminosidad diferente. Fantaseo con el hecho de que me convierto en tu esposa, resplandeciendo en el anular de la mano derecha la alianza de brillantes que me entregaste, al año siguiente de tu aparición en el umbral de la tienda que Angustias y yo regentamos. Luzco coqueta el conjunto de lencería parisino que me diste hace dos y me embriago con gotas de suave esencia de gardenias, del frasco con el que me obsequiaste recientemente.

“Quítate de en medio, Angustias. Ya me hiciste mucho daño, ¿no te parece? Me da igual que me trates como si fuera una vulgar ramera, me es indiferente. Está casado, sí. Está felizmente casado y tiene una hija. Me llena el oído de falsas promesas, de palabras vanas y zarandajas, pero yo le deseo”. Sé que se apartará para dejarme salir, farfullando y lanzándome maldiciones veladas para después ponerse a rezar un rosario. Sé que me esperará despierta al alba, lo sé porque compartimos dormitorio y es incapaz de disimularlo. Luego le apreciaré los rastros de insomnio: las mejillas mortificadas por leves ojeras que a lo largo de los días le irán dejando su impronta, hasta verse obligada a suavizarlas con la ayuda de mi contorno de ojos. Es tan retorcida que teme verse sola, Agustín. Piensa que cometeré la locura de irme lejos contigo.

No hemos necesitado telefonearnos, ni escribirnos, para reencontrarnos cada primero de febrero. El reflejo del escaparate de una boutique, el parque cercano a casa, el trayecto del bulevar o una papelería son los lugares en los que coincidimos desde que me buscaste con el ramo de flores.

“¿Cuándo has venido, Agustín?” “Esta mañana, Adela”.

Y la piel erizándose como a los dieciséis, cuando tus manos guiaban las mías en un tímido baile de la verbena popular. La sensación de que me falta el aire y el suelo parece desgajarse en pétalos a mis pies. Me refugio entonces en los confines de tu sonrisa, y busco en la quietud de la noche tus lisonjas. Me desnudo el alma entre tus brazos, en busca de ese placer que me consume…

“Ojalá todo fuera sencillo, Adela”, me susurras. Y yo sello tus palabras con besos fugaces.

“No hables, no digas nada”, te ruego, y nos convertimos en amantes de medianoche, en ladrones de caricias furtivas, amparados por el cercano rumor del río. Las palabras enmudecen en tu garganta y las mías se dispersan en estos escritos sin destinatario, cobijadas por el hálito de tu cuerpo enredado en el mío. En tus dedos que recorren mis pechos sin premura, sabios, que prosiguen su senda sin detenerse, creo renacer una y mil veces… Durante diez días soy otra Adela, la Adela amante, esposa, madre. Porque fantaseo con que Belén sea nuestra hija, y la imagino estudiando en el colegio de pago de la tuya. Y me veo a mí misma reflejada en el tosco espejo de la fantasía, acompañándote a las cenas de los congresos de medicina forense, en lugar de tu mujer.

Paseamos por las calles cogidos de la mano, sin importarme que cualquier cliente asiduo nos pueda sorprender. Qué más da lo que ellos digan, que vivan su vida y dejen la de los demás en paz. Mi vida es gris pardo, como la rebeca de mi sobrina, llena de remiendos. Mi existencia despierta de su letargo cuando estás conmigo, Agustín.

Esta noche tocaré el timbre y esperaré paciente a que me abras. Escribo con la mente estas apresuradas palabras que luego volcaré en papel, en unas páginas mecidas por el desvelo. Las sábanas de tu alcoba nos acogerán. La calefacción invitará, después de amarnos como si no hubiera un mañana, a degustar los manjares que dejarás preparados en una fuente de cristal. Y al día siguiente volveremos a vernos, y al otro, y al otro, y será como el primer día… Y así, estoy segura, continuarán transcurriendo los años, enfrentada al azogue de la realidad, a las incipientes arrugas que irán acumulándose bajo los párpados, agolpándose en las líneas de expresión. Belén irá creciendo, como tu hija, y tu adorable esposa desconocerá que una mujer la suplanta cada primero de febrero. Una mujer que seguirá escribiendo infatigable estas epístolas, las páginas que arrastra el viento…

 

© José Manuel Muñoz Serrano

Parpadeos – Relato

“La vida es un mero parpadeo.

Abre y cierra los ojos”.

Roger Wolfe.

 

A Héctor y Lucas les seduce aquel solitario ángulo de la calle, que da inicio a un sombrío callejón. De todos los lugares que frecuentan ese es su preferido, ya que parece ser concebido a su medida.

La hora siempre la misma, rayana la medianoche. El mes favorito abril, con el perfume de azahar ciñéndolos en un sutil abrazo.

El tramo menos frecuentado del barrio, ya lo han constatado infinidad de veces. El anacronismo, delimitado por una tienda de artículos eróticos, convive con las ancianas casas de planta baja, que salpican sus ventanas enrejadas de geranios y gitanillas. El letrero luminiscente del establecimiento parpadea. Y sus parpadeos son cada vez más prolongados, de tal forma que cuando se cierne a intervalos la oscuridad, la luna cubre a ambos con su beso de plata.

Besos son también los que ellos se prodigan.

Un parpadeo.

Un beso.

Otro parpadeo más prolongado y los labios iniciando la ruta táctil: mejillas, frente, nariz, hasta llegar de nuevo al origen: la carnosidad de los labios.

Entonces el letrero vuelve a cobrar vida, destacando impúdico el contenido que expone.

Héctor y Lucas se separan. Sus miradas bailan una breve danza de deseo, presta a ser satisfecha en unos minutos. Ninguna farola los alumbra. En los instantes que quedan a oscuras, reciben el eco en penumbra de una tenue iluminación lejana. Disfrutan de esos momentos. Cualquier sitio a los que acuden para amarse es mucho más cómodo, pero ese en concreto, a mitad de camino de sus respectivos hogares, lo encuentran privilegiado. Único.

Otro fundido en negro, y las camisetas se desprenden, para ser intercambiadas en sus torsos antes de que llegue la rojiza claridad, siguiendo las pautas de un improvisado e inocente juego.

Y así una noche y otra.

Y otra noche más…

Hasta que en el albor de mayo la tienda erótica cierra los ojos, cansada de trasnochar y la oscuridad les vuelve dos amantes desbocados, que no se conforman con besos ni caricias furtivas, ni tan siquiera con lucir la camiseta del otro. Se creen invisibles y se aíslan del ángulo de la calle, de las ancianas casas, del reclamo erótico de un escaparate enmudecido. Y entonces, sin importarles que la luz se prenda de nuevo, se entregan a la pasión.

Pero de las sombras, agazapado, surge el odio… Una patada golpea a Héctor en el costado, luego un puñetazo el mentón de Lucas. Y cuando el establecimiento despierta del letargo se hallan tendidos en el suelo, semidesnudos, como muñecos rotos.

Y ya no hay más parpadeos ni fundidos en negro capaces de ocultar su indignación.

 

© José Manuel Muñoz Serrano

 

Un pez llamado Gabriel – Relato

Querido Gabriel:

 

Quizás esta carta carezca de importancia, pero siento una irrefrenable necesidad de escribirla y hacértela llegar. Cuando la termine la dejaré enrollada, como si fuera un cilindro, y anudada con una cinta azul, situando un extremo de ésta cercano al cuello de la botella donde la depositaré, entre un lecho de arena y diminutas piedras. Surcará mares y océanos, moviéndose errante entre enormes bancos de peces de colores, como aquellos que tanto te gustaban, hasta detenerse en una lejana playa. Te imagino como un pescaíto más, pequeño Gabriel, como dice Patricia, tu madre; como te conocimos todos los que te seguimos a través de los informativos y sentimos la angustia por tu pérdida. Así te veo yo, que soy para ti un desconocido, porque tu cielo, un firmamento bordado de estrellas o un campo sembrado de girasoles perdido en la lejanía, está inmerso en las profundidades de los mares, en océanos de rizada espuma blanca.

Tu dulce sonrisa, esa tierna inocencia propia de la corta edad, agarrada a esos ocho años inmortalizados por un retrato, quedará prendida en los corazones que se estremecieron a lo largo de los días de tu desaparición, y del trágico desenlace. Ese ser perverso, surgido de las entrañas del infierno, te privó del milagro de la vida, pero no pudo robarte la magia que irradias y nos transmites.

Cuán difícil es que no sintamos ira y rabia ante un crimen tan macabro, como nos han pedido tus padres. Sin embargo, has conseguido transformar a un pedacito de la sociedad: a quienes conservan un ápice de humanidad y a quienes creemos en los valores y en el tejido de los sentimientos.

Qué complicado me resulta escribirte y no dejarme arrastrar por la indignación y el dolor. Quisiera usar un lenguaje sencillo para que me entiendas, pequeño Gabriel, sin mostrarte el odio que me estremece…

Te echamos tanto y tanto de menos… No puedo evitar emocionarme y, sin embargo, quisiera corresponder a tu sonrisa. Te sentimos como parte de la familia: hijo, hermano, primo, sobrino.

No soy padre y no puedo, aunque lo intente, ponerme en el lugar del tuyo, Ángel, que sin saberlo convivió con tu asesina, su reciente pareja que tú despreciabas. Tampoco puedo ponerme en la piel de Patricia, tu madre, cuya fortaleza es digna de admiración y elogio. No pretendo hacerlo porque sería una falta de respeto por mi parte. Lo que sí te aseguro es que puedes estar orgulloso de ellos, Gabriel, porque han demostrado mantenerse firmes ante la adversidad, ante las terribles circunstancias, luchando incansables, aferrados a la esperanza de volverte a ver.

Tu espíritu habita con nosotros, se mueve al compás del viento, de esas nubes que cubren de gris las tristezas y las despejan luego para mostrar las alegrías. Has hecho sacar lo mejor de cada uno de nosotros. Desde el primer minuto centenares, miles de personas, estuvieron aportando su granito de arena para localizarte. Y los que no pudimos participar en tu búsqueda, desde lugares dispares de la geografía, del mundo, te abrimos hueco en nuestro pensamiento.

Quisiera que sepas que tus padres están más unidos que nunca. Ellos necesitarán de tu ayuda, Gabriel. Enséñales a caminar de nuevo, sostenlos si caen o desfallecen, porque se encontrarán perdidos si tú no les envías una señal, si no les guías.

¿Sabes? Me encantaría que conocieras a una joven muy especial, a mi hermana pequeña Hermi. Ella se marchó, como tú, pero más mayor, como consecuencia de una cruel enfermedad, cuando la vida le sonreía y comenzaba a disfrutar de un buen trabajo, de un hogar, de la vida en pareja, de mil proyectos que bullían por su mente. Igual que tú, ella permanecerá enredada en el recuerdo de los que la amamos. Estoy seguro de que te encontrarás con ella, Gabriel, porque los seres únicos se reconocen, aunque jamás se hayan visto. Su color favorito es el de sus ojos, el azul, y es un ángel que irradia luz, como tú.

Te tenemos presente, querido niño. Por eso te pido que nades. Nada muy lejos, pececillo, y cuando estés agotado, descansa en lechos de coral. Estas páginas bucearán contigo, a tu lado. Algún día el barquito que las transporten, una simple botella verde, se quedará varada en la playa de otro país. Tal vez quien la encuentre la vuelva a lanzar al abrazo de las aguas, a tu particular cielo, a ese inmenso cultivo de girasol que compone tu canción favorita, y vuelva a acompañarte un trecho de tu largo viaje hacia el infinito.

Ojalá así sea.

He de despedirme, pequeño Gabriel, el llanto enturbia mis ojos y me impide continuar. Pero será una despedida breve, te lo prometo, un paréntesis en la eternidad…

 

© José Manuel Muñoz Serrano