Las intermitencias del amor – Relato

Las intermitencias del amor

“Nada es para siempre, decimos,

pero hay momentos que parecen

quedar suspendidos sobre

el fluir inexorable del tiempo.”

José Saramago.

Querida Martina:

No sé si las manos del destino volverán algún día a unirnos al abrazo de una serena vejez, compartiendo una tímida amistad. Me he cuestionado la razón de por qué llegué a enamorarme de ti; por qué fui al altar si no te amaba, cuando decidiste que debíamos casarnos, puesto que en el centro de tu conservador universo tus amigas de la infancia ya lo habían hecho y solamente quedabas tú. Tampoco supe aclararte que fui un cobarde y jugué con tus sentimientos. Expresarme a través de esta carta me resulta francamente sencillo; el papel en blanco aguarda en silencio mi dolorosa y, a la vez, liberadora confesión.

El miedo sería la explicación recurrente. El miedo que me estrujaba la garganta y el pecho, Martina, oprimiéndolos con tenazas de hierro candente, y me convertía en un chiquillo indefenso. El miedo a alterar los equilibrados márgenes de nuestras existencias, gravitando en lo cotidiano.

Era incapaz de decirte que no te quería, y dejaba transcurrir indolente el tiempo a tu lado. Cómo iba a enfrentarme a mi propia realidad más allá de ensayarlo ante el espejo, si trataba de huir espantado de ella: «Martina, perdóname, he sido cruel contigo…». «No tienes ni idea de cuánto me está costando decírtelo…». «No te amo, Martina, nunca he llegado a quererte, no siento por ti más que afecto…». En la soledad de la alcoba balbuceaba como un mal actor el texto de un guion incómodo, impuesto por el devenir de los acontecimientos: el desencadenante de nuestra ruptura fue el cúmulo de recriminaciones mutuas tras la pérdida de nuestro hijo Claudio, pero muchos años antes de que el infortunio nos golpeara, ya me había ido separando de ti.

Confundí cariño con amor. Recreo los inicios de nuestra relación titubeante en los lejanos años de instituto, donde el embeleso por la defensa de puntos de vista divergentes, en vez de alejarnos, nos acercaba. Luego, durante la época universitaria, lejos de nuestras respectivas familias, refugiados en la candidez de un noviazgo que parecía quedarse estancado en el tedio de días monótonos, comenzaría a fluir en mí el dilema de continuar contigo o abandonarte, antes de que fuera demasiado tarde. «Esta relación no conduce a ninguna parte, Martina», me decía a mí mismo. Las dudas me carcomían, se adueñaban de mis sueños, haciéndolos jirones. Me resultaría complicado precisarte el momento en el que me di cuenta de que estaba viviendo dentro de una farsa, de la que no sabía poner fin; tal vez sucediera en el instante preciso en el que se abrió ante mi lineal horizonte el inesperado regalo de una cautivadora sonrisa, acompañada por la malicia que desprendía la mirada de unos almendrados ojos castaños. Las típicas mariposas que los enamorados sienten agitarse en sus estómagos y que nunca se despertaron estando a tu lado, Martina, recorrieron entonces mi piel como hormigas procesionarias. «¿Puedo sentarme contigo?», me preguntó una voz desenfadada. Y recuerdo con precisión que agrupé los libros de mercadotecnia financiera que tenía esparcidos sobre la mesa, que la pareja de camareros que atendía esa tarde la cafetería de la facultad acababa de encender las luces porque estaba anocheciendo, haciendo que nos reflejáramos en la cristalera del ventanal, y que durante eternos segundos cesaron el barullo de los estudiantes, el sonido incesante de la máquina cafetera, el rumor del tráfico… Apareció la persona que, desde hace varios meses, llena por fin con su sola presencia cada uno de mis días.

«Te presento a mi amigo Claudio», —¡tío Claudio!, como le llamaría alegre más adelante nuestro hijo, de quien le debería su nombre—, te dije poco antes de que en la segunda quincena de enero cortaran las clases para preparar los exámenes del primer cuatrimestre, dos meses después de que él estuviera conmigo durante una hora libre en la cafetería, tomándonos sendas infusiones de menta poleo. Aquella espera se hizo amena desgranando temas relacionados con las asignaturas de la carrera: desde el complejo mundo de las finanzas hasta los efectos de la recesión económica en Occidente. Si bien nunca habíamos coincidido Claudio y yo con anterioridad en los pasillos, ambos comenzamos a vernos de forma casual al principio, o bien más tarde, con cierta asiduidad, haciéndonos los encontradizos y simulando asombro. Así pues, tras la celebración del día de Reyes Magos, nos topamos con Claudio cuando nos disponíamos a salir de la facultad por las puertas batientes del vestíbulo y él, en cambio, entraba. Quedé turbado y no me quedó más remedio que presentaros. Comenzasteis a charlar acerca del intenso frío que hacía, y te dejaste contagiar por su simpática risa. «Oye, nunca me has hablado de Claudio, cariño», me dijiste cuando nos sentamos en el autobús urbano, con destino a nuestros respectivos pisos de alquiler que nos apartaban por dos calles, «me parece un muchacho muy simpático.» Comencé a sentirme celoso, como si las anodinas frases que intercambiasteis me estuvieran reemplazando. «Me alegra saber que tienes amigos, Samuel», repusiste sonriente, «a veces quedamos tú y yo para tomar café con mis amigas y me da la sensación de que te aburres como una ostra; podríamos ir con Claudio algún día al cine si te parece bien: un miércoles, por ejemplo, que es el día del espectador.» Y aquella ingenua propuesta que me hiciste, antes de que marcharas al pueblo unos días para preparar los exámenes de febrero (jamás te quedabas por esas fechas en tu piso porque, según me decías, temías el riesgo de distraerte charlando con tus compañeras y no rendir estudiando) me hizo replantear tantas y tantas cosas… Último año de universidad; la presión de nuestros padres, que preguntaban qué expectativas teníamos o la emoción que te embargaba cuando alguna de tus primas del pueblo anunciaba su boda e indagaba sobre nosotros: «Samuel y tú… ¿Tenéis pensado iros a vivir juntos?» Y tú, sorprendida, le soltabas: «Pero qué dices, mujer, eso de compartir techo sin casarse no nos va para nada, cuando llegue el momento haremos las cosas como Dios manda.» Y yo, entremedias, sin dejar de pensar en Claudio, en sus caricias y besos, en su piel de bronce licuándose con la mía, entregados de madrugada a una desaforada pasión en la habitación de mi piso de alquiler, esbozaba una boba sonrisa en los almuerzos familiares, mientras me diseccionaban tus hermanas con sus mordaces comentarios, o me mostraba condescendiente con las cursis de tus amiguitas, que murmuraban que tenías mucha suerte al estar comprometida conmigo. Vivía en una maldita nebulosa, Martina. No me daba cuenta de que ibas programando mi vida, gustos e intereses, a lo que se añadía el empleo en una empresa puntera en el sector de las telecomunicaciones, proporcionado gracias a los contactos de tu padre. Pensaba en Claudio, en los pocos días que permanecimos juntos, en la sesión de cine de aquel miércoles donde solo estuve pendiente de él, contemplando su atractivo perfil de dios romano, sus labios curvados en una sonrisa de dientes blanquísimos. Era algo tan extraño… Me sentía profundamente atraído por alguien del mismo sexo, un chico del que apenas conocía nada, pues únicamente disertábamos de libros o de temáticas actuales como la inestabilidad política de países que nunca habíamos tenido la intención de visitar. Estuve a punto de fugarme con Claudio, Martina, de dejar lo nuestro, que no terminaba de afianzarse, una vez concluyeran los controles finales, y lo hubiera hecho, créeme, de no haber sido porque Claudio desapareció. Así es, no dejó rastro. No tenía sus señas, ni su número de teléfono; no me había tomado la molestia de saber algo de él que me ayudase a localizarlo. Durante dos largos años me volví taciturno, pero tú pensabas que quizá se tratara de la presión a la que estaba sometido: el trabajo, la casa, los planes de formar cuanto antes una familia… Me dejé arrastrar por la inercia, como un autómata, y poco después de la boda y de que te quedaras embarazada, apareció Claudio, acompañado de una chica. Carla se llamaba ella: alta, morena como él, guapa. Y yo creí desfallecer. Hasta que una mañana quedamos solos, él y yo, y comenzamos a resumir apresurados nuestras vidas, y descubrí que lo suyo con Carla no era más que una fachada, como nuestro matrimonio, Martina, y que no había dejado de pensar en mí. «Las intermitencias del amor…», me dijo en una ocasión, tras desaparecer largas temporadas y reaparecer como si nada hubiera sucedido entre nosotros, como si su ausencia fuera lo más natural del mundo. Las intermitencias… Él parafraseaba parte del título de una de las novelas del laureado escritor José Saramago, que se convirtió en mi libro de cabecera. Recurría a sus páginas cuando el recuerdo era tan persistente que dolía enfrentarme a la soledad. Y entonces, cuando decidiste bautizar a nuestro hijo con el nombre de Claudio, sentí que jamás me sería posible sincerarme contigo, Martina. Él estaba presente en cualquier momento: «Claudio, pequeño, ven con papá…». «Claudio, enseña a mamá el dibujo que has hecho…». Rogué a la corte celestial al completo que te establecieras de una vez cerca de mí: echaba de menos aquellas evocaciones, ya deshilvanadas por el fluir de los años. Y entre reencuentros y lapsos de tiempo sin vernos, en los que el teléfono ya conseguía obrar el milagro de que Claudio y yo nos fuéramos añorando más y más, nos golpeó la desgracia…

Jamás nos perdonamos que nuestro hijo cruzara corriendo la carretera sin mirar; su repentina pérdida rompió el frágil equilibrio de familia ejemplar que representábamos. Tú me echaste en cara que no estuve atento al ir a recogerlo al parque. Y yo te reproché sin ambages que no te encargabas de recogerlo ninguna tarde, ni siquiera cuando las tenías libres. Discutíamos porque éramos incapaces de enfrentarnos a un sinsentido, a la desolación.

Hoy te escribo desde miles de kilómetros de distancia, Martina, los mismos que nos separaron los años que conviví contigo antes del divorcio. Ahora, después de tantas vicisitudes, de elipsis temporales en las que las idas y venidas de Claudio han ido trazando su recorrido, he reunido el valor suficiente para transmitirte mi verdad. Reconozco que he sido para ti un ser abyecto, pero no puedo negarte que me siento vivo, que he aprendido a ser feliz tras estas intermitencias del amor.

Con los mejores deseos, Samuel.

 

© José Manuel Muñoz Serrano.

 

Pasillo en penumbra – Relato extraído del libro “Pieles en penumbra”

Pasillo en penumbra

 

¿Qué pasa cuando se abrazan el amor y la muerte?

¿Se muere el amor o se enamora la muerte?

Tal vez la muerte moriría enamorada

y el amor amaría hasta la muerte…

Anónimo

 

Accésit del II Certamen Literario

Universo de Cartas de Amor y/o Desamor, 2016.

 

Amor mío:

Soy incapaz de expresar con palabras la impotencia que siento ante el infortunio que estás atravesando. Por eso, intento reflejar en papel mis sentimientos, para que cuando despiertes puedas leerme.

Desde que no era más que un crío, sólo parecía comu­nicarme con los demás a través del baile y la danza. El ritmo posee su propio lenguaje y me impulsa a crear una constante coreografía conmigo mismo, en la que fluyo como si fuera la corriente de un río que atraviesa recodos y no se arredra ante los obstáculos que va encontrando a lo largo de su cauce.

            Sin embargo, al contemplarte exánime, con cables y tubos que horadan tu cuerpo en esta sobria habitación de hospital, las fuerzas me abandonan. Mis pies y manos se vuelven torpes y el dolor y la incomprensión me zarandean como si fuese un títere movido por el viento.

         «¿Por qué eres tan frío conmigo?», me solías preguntar en la intimidad.

Yo sé que hubieras preferido que te escribiera apasio­nadas cartas, en vez de conversar por el móvil cuando nos separábamos y debías irte al pueblo para estar con tu fa­milia; o que te dijera algún que otro te quiero susurrado al oído, cuando nos entregábamos con caricias y abrazos a fundirnos en una sola piel y carne.

Yo te argumentaba que el amor se manifiesta día tras día con hechos, no con manidas fórmulas edulcoradas que carecen de sentido.

Conocerte fue lo mejor que me ha pasado en la vida. Llegaste a ella en el momento justo, cuando me encami­naba hacia la deriva y estaba perdido, nadando entre las olas de un mar de confusión. Contigo conocí esa calma que se respira después de la tempestad.

Ahora se extiende ante ti un laberíntico pasillo en pe­numbra y debes cruzarlo sin ayuda, aunque yo te esté prodigando mis cuidados y los tuyos no se despeguen ni un minuto de ti. Hasta tu padre se desvive por estar a tu lado… Así es, como lo estás escuchando, porque sé que me escuchas y que mi monólogo y estos escritos no caerán en el vacío.

Estoy convencido de que saldrás de ésta, que tu vigor en­mascarado de fragilidad contribuirá a romper las cadenas con las que esta hipócrita sociedad aún nos doblega.

«Gabriel, cielo, céntrate…», me refería mi madre.

La pobre está curada de espantos. Yo la acallaba con un simple abrazo cada vez que pretendía sermonearme. He ido quemando tantas y tantas etapas de mi vida en las que el desenfreno era el único punto en común…

Mamá Carmela, la llamaban con cariño mis furtivos amantes cuando la veían en la cocina guisando, o adecen­tando el hogar.

Ella, que se enfrentaba a todo sola desde que tuve uso de razón, después de agotadoras jornadas de trabajo en una fábrica de embutidos, se encerraba en su cuarto. Encen­día el televisor a todo volumen, mientras se ponía a tejer infatigable jerséis, bufandas o guantes de lana, a pesar de que fuese verano, para evitar pensar en el descerebrado de su hijo, que no hacía más que meterse en líos.

Ella, que se refugiaba en su particular universo de so­ledad con la intención de aislarse de los extraños y obsce­nos ruidos que se colaban procedentes del dormitorio con­tiguo…

Por eso, cuando te la presenté y tú le hablaste tan edu­cado, con aquella dulzura y respeto, pensó que por fin yo había comenzado a sentar cabeza.

«Gabriel, yo te respeto, aunque me cueste tanto compren­derte. Por eso te ruego que no hagas sufrir a este chico…».

Yo acababa de ser contratado como bailarín en la com­pañía del musical más aclamado del momento. Un sueño que había acariciado durante bastante tiempo y que ya pensaba que no se haría realidad. Mi primer empleo en mayúsculas que lucho por conservar, que reemplazaba a eventuales trabajos en locales de dudosa reputación.

Muchas veces me preguntaste cual fue el verdadero mo­tivo por el que me sentí atraído hacia ti, si somos la noche y el día, nunca mejor dicho. No sabía qué responderte…

Jamás has conocido un gimnasio, con la finalidad de esculpir a base de entrenamiento la blandura de tu abdo­men. Tampoco te han sorprendido las primeras luces del alba en una discoteca, ni has tenido relaciones amorosas pasajeras (no hizo falta que me confesaras que yo era el único hombre en tu vida). Si hasta temblaste la primera vez que mis labios exploraron los tuyos…

Entonces, ¿por qué sacudiste los cimientos de mi ser? No fue por tu físico, pues no eres en absoluto mi prototipo (perdona que te lo diga con franqueza); ni tampoco por tu rostro, que conserva impreso la ingenuidad de la niñez. Lo que me atrajo de ti fue tu madurez, Mario, y esa sensibili­dad que siempre me has demostrado, que era capaz de fre­nar la impulsividad de mi conducta. Se me rompía el alma cuando acudías a mí desvalido, buscando el calor de mis caricias, cuando la incomprensión de los demás te hería.

No me hubiera fijado en ti si una mañana no hubiésemos coincidido en el autobús urbano. La víspera habías acudido a ver el musical. Me habías reconocido sin asomo de duda entre el elenco de actores y bailarines, y eso que el maqui­llaje casi ocultaba mis rasgos faciales. Yo me dirigía a uno de los ensayos y tú a la facultad de Derecho, donde es­tudias el último curso de la licenciatura. El trayecto se nos hizo breve. Ni siquiera nos intercambiamos las direcciones o los números de teléfono. Eso sucedió unas tres semanas más tarde, cuando nos sinceramos el uno con el otro…

Yo te confesé que jamás había sentido algo parecido al amor con ninguno de los hombres con los que llegué a acostarme. Lo hacía por dinero. Albergaba el oscuro temor de quedar atrapado en una espiral de drogas y sexo desenfrenado.

Tú me escuchaste sin escandalizarte ni ensombrecer el semblante. Me hablaste de tu madre, Teresa, empleada de una fábrica textil, y de tu padre, Antonio, constructor. Me comentaste que ambos notaban los efectos de la crisis. Tu madre pensaba que la plantilla se reduciría en la próxima reunión directiva, puesto que se había incorporado nueva maquinaria, y tu padre veía tambalearse su futuro laboral por la escasez de nuevas obras. Él quiso desde que fuiste pequeño que estudiaras una carrera y que su apellido se perpetuara con la descendencia que tuvieses. Por eso irra­dió de felicidad cuando decidiste adquirir una formación universitaria y matricularte en Derecho. Tus hermanas, Anabel y Ángela, apenas finalizaron el instituto encontra­ron trabajo como limpiadoras en colegios y se casaron muy jóvenes.

No obstante, detrás de esa idílica fachada de familia convencional, los miedos te consumían. A tu madre y her­manas les costó asumir tu homosexualidad, aunque no les sorprendió cuando les hablaste de mí. En cambio, tu padre no quiso aceptarlo. Anabel y Ángela son bastante mayores que tú, doce y once años, si mal no recuerdo, de ahí que tu padre se volcara con su benjamín, el varón de la casa. Para él fue una ofensa tu orientación sexual. Una burla a sus principios.

«Me avergüenzo de Mario», le decía airado, «no quiero que esté en casa».

Y Teresa lloraba, tratando de apaciguarlo:

«Es su último año de carrera, Antonio. Él tiene que hacer su vida y procurar alcanzar su felicidad…».

Escuchabas los insultos de tu padre y los intentos de tu madre por hacerle entrar en razón. En más de una ocasión, a solas, ella te pidió que le enseñaras fotografías mías, con la intención de saber de mí.

Despierta, Mario…

Sal de esa nebulosa que te tiene amordazado.

Quienes te agredieron están fichados por la policía y tu padre luchará para que el peso de la ley recaiga sobre ellos. Él te quiere, ya lo ha demostrado con creces, te lo puedo asegurar.

Hace seis días que una pareja de cabezas rapadas nos sorprendió a la salida del cine. Era la primera vez que te atrevías a tomarme de la mano en la calle porque te habías cansado de tantos prejuicios, de ocultarte a los ojos de los demás como si estuvieras cometiendo un delito. Ellos surgieron de la nada, como si hubieran estado acechando a una indefensa presa con la que poder recrearse. Apenas pude protegerte. Una voz alertando a la policía me sacó del ensimismamiento. Mi nariz sangraba, igual que el corte que me hicieron en la mejilla derecha, pero no sentía nada. Conseguí reaccionar al descubrirte en la acera, magullado, con la respiración entrecortada y la mirada perdida. Luces. Sonido de sirenas. Unas manos que me apartaban de ti, y la ambulancia que nos conducía al hospital más cercano. Alguien llamó a tus padres al pueblo, sacándoles de la placidez del sueño. Conocí a tu familia…

Despierta, Mario…

Cada vez que abres los ojos en mero acto reflejo, pienso que nos observas con detenimiento.

Tu padre me abrazó nada más verme. Sus silencios ha­blaron, tanto o más que los de tu madre y hermanas.

Te prometo que todo será distinto cuando salgas del coma, confía en mí.

No tengas miedo…

Sólo debes alcanzar la luz que la inconsciencia, que ese pasillo en penumbra en el que se ha convertido tu vida, te impide rozar.

Yo estaré aquí, a tu lado, para enseñarte a empezar de cero, si es preciso.

Seré tu amigo, amante, maestro…

Seré tu voz. La voz que quisieron acallar. La voz que necesita ser oída para que las sombras no te vuelvan a devorar.

Te quiero, Mario, te quiero.

No tienes ni idea de cuánto te quiero…

Siempre tuyo,

Gabriel.

© José Manuel Muñoz Serrano.

© Extraído de Pieles en penumbra. Círculo Rojo, 2016.

Lápices de colores – Relato completo extraído de Pieles en penumbra

Lápices de colores

 

A un gran corazón,

ninguna ingratitud lo cierra,

ninguna indiferencia lo cansa.

Leon Tolstói

 

El cielo es un inmenso charco que abraza un plomizo cre­púsculo. Abigarradas nubes apenas dan tregua con su llanto a quienes desean buscar un digno resguardo cada anochecer. El pertinaz barro se adhiere a un calzado cansado de recorrer sombríos caminos que conducen a un atisbo de esperanza.

Y entre tanto desamparo de llanuras yermas, que acogen la angustia de unas almas que anhelan salvarse del exterminio al que han sido condenadas, surgen pequeñas historias de quienes huyen del pánico, provocado por los incesantes disparos de metralla y bombardeos.

Una de esas historias, que no es más que un rayo de luz que parece abrir un intersticio en la grisura del entor­no, se despliega ante mis ojos, que ya han vivido el horror de otros conflictos bélicos, cubriendo noticias destinadas al gélido corazón de una Europa impasible, que mira hacia otro lado. Así es, porque el caduco y viejo continente sufre de amnesia; ya no recuerda el dolor de refugiados que em­prendían también su huida por desolados campos hacia un incierto futuro. Para los gobernantes de una Europa arrogante que ma­quilla el sarpullido de la palabra refugiado, las instantáneas de gente aferrada a alambradas y de niños que yacen inertes acariciados por las olas de la playa, se transforman en anécdotas, como mucho en un mal sueño que se volatili­za al quitarse las legañas en el lavabo.

El pequeño Itzsham se transformará pues en una anécdo­ta más, que cubrirá una concisa franja del noticiero. Será una convencional entradilla periodística. Sin embargo, estoy seguro de que su recuerdo me acosará cada noche, en la tensa quietud de los diferentes hoteles des­tinados a corresponsales de guerra como yo.

Minutos antes de entrar en directo para narrar las no­vedades de un campamento donde se hacinaban miles de personas, luchando por sobrevivir en su cotidiana desespe­ración, mi compañero captaba con su cámara unas imáge­nes que quedarían constreñidas al formato del televisor, mientras yo, en cambio, observaba a un niño que, sentado en un tocón de madera, me sonreía. Me acerqué a él y comprobé que, a pesar de estar rodeado por los suyos, parecía una diminuta estatua ajena al maloliente hedor de excrementos y al llanto de otros niños, que se clava­ban en el enrarecido aire de ese atardecer; un extraño ángel que no detenía su mirar en los hombres y mujeres de todas las edades que se movían de un lado a otro, tratando de ubicar sus escasas pertenencias. Posiblemente no sobrepasara los cinco años de edad, pero su porte hubiera podido corresponder al de cualquier adulto que le rodeaba.

El pequeño sacó del libro de cuen­tos que llebaba una arrugada hoja de papel en blanco, y del bolsillo de su sucia camisa, macilenta como el ho­rizonte, lápices de colores, que conformaban un bello arco iris en las palmas de sus manos. Comencé a hablarle, pero el niño solo me sonreía, moviendo en rápido gesto su cabeza de un lado a otro, para indicarme que no sabía inglés. Mi compañero se acercó y su cámara captó el rápido baile de los lápices sobre el papel, en un sencillo e infantil dibujo que iba cobrando forma apoyado en su regazo. No fue preciso un intercambio de palabras. Ambos que­damos en una suerte de trance hipnótico, ensimismados ante aquella escena más propia de un aula de colegio que de un desolador escenario. El chiquillo, cabizbajo, con sus me­jillas sonrosadas, continuaba abstraído en su tarea, dejando asomar la punta de la lengua por la ranura entreabierta de sus labios. De vez en cuando nos contemplaba, como si con sus grandes y oscuros ojos solicitara nuestra opinión, y luego proseguía. Durante los breves instantes que permanecimos frente a él, el tiempo pareció detener su frenético avance. Hasta una tornasolada franja de cálido trazo rosado pareció alumbrarse en el cielo.

Itzsham

La firma, escrita con letras irregulares en rojo, alte­raba el equilibrio de su creación: una casa con ventanas y puertas abiertas; un hombre y una mujer, vestidos de mane­ra elegante; y el propio Itzsham, de la mano de ellos (sus padres, no cabía duda). La sencilla y efímera felicidad, irradiando en la candidez de un dibujo que se re­signa a ser recubierto de negro grafito.

El pequeño se levantó presto y me ofreció su obra, ya concluida. Me indicó, señalándome con su dedo índice, que la guardara dentro de mi bloc de notas.

Fueron tan sólo se­gundos, los que mi compañero y yo nos distrajimos. Mostré al objetivo de su cámara el regalo que acababa de recibir y, cuando quise agradecer el presente recibido, el chiquillo ya había desaparecido, como jirón de niebla traspasado por el sol. Quizás se confundiera entre la aletargada y errante multitud.

Por más que quisimos localizarlo fue imposible.

El equipo técnico, del que me había olvidado por completo, nos dio la señal de que entrábamos en directo. Ninguno de sus miembros se había percatado de Itzsham. Pero él había sido real, tan real como los miles de refugiados que pululaban por los alrededores. Tras montar el material, el noticiero vespertino expresaría con delicadeza su historia, que pretendería escapar del boceto para alcanzar ese final esbozado en una imaginación infantil.

Ya nos retirábamos cuando me percaté de la presencia de un objeto alargado. Impregnado de barro, a los pies del to­cón donde se sentó el crío, encontré un lápiz de color rojo: el mismo con el que había impreso su firma. Su punta yacería enterrada presumiblemente en el charco que se había desprendido de la vastedad del firmamento.

Sentí entonces que aquel rojo sangre, que se alejaba de la oscuridad creciente, simbolizaba la fortaleza de unas vidas que bullían a nuestras espaldas, que no se arredraban ante la adversidad, pero que carecían de valor para expresar una ilusión que les era negada, escudada en la indiferencia.

© José Manuel Muñoz Serrano.

© Pieles en penumbra. Círculo Rojo, 2016.

Un aroma a libertad – Relato extraído de “En días de cielo gris”

Un aroma a libertad

 

Primer Premio de Relato Corto, del II Certamen Literario

“Discrimina la Violencia”

 

Al fin y al cabo, el miedo de la mujer

a la violencia del hombre es el espejo

del miedo del hombre a la mujer sin miedo.

 

Eduardo Galeano

 

Queridísimo miedo:

Esta es mi última carta. Una carta de despedida sin destinatario porque, a diferencia de las demás, no la introduciré en el buzón de mis desvelos, ni podrás leer en ella las convulsas líneas de mi mente. Tan sólo deseo desahogarme.

Ninguna de las misivas está escrita en papel, bien lo sabes. No preciso expresar en ellas el profundo penar que siento. Así, al menos, te niego el placer de que posteriormente las encuentres entre mis pertenencias, puesto que eres un vendaval que arrasa con todo.

Soy cristalina como agua de arroyo. Mi mirada es transparente y escudriñas en ella la cruel angustia que me devora, que hace que me repliegue en la co­raza que tratas de hacer añicos una y otra vez, con tus violentos puños que me golpean y los insultos y gritos cargados de veneno que, en ocasiones, son todavía peores que el maltrato físico.

Esto último tal vez debería expresarlo en pasado. Necesito hoy más que nunca que pertenezca al pasado…

¿Sabes? Percibo que no volverás a causarme daño, y mis ojos recuperarán poco a poco esa claridad que tú ennegrecías, que te ensañabas en cubrir de luto: el límpido verde turquesa que decías que era tu perdición cuando me ofrecías esos halagos, que cultivabas como un jardinero, durante nuestro breve noviazgo, para luego empujarme a tu lóbrego y reducido universo de zarzas.

Marcus me protege. Se ha convertido en mi ángel de la guarda. Ya soy capaz de atravesar la calle sin que se me encoja el estómago y se me nuble la vista de pavor, porque él no se separa de mí. Puedo disfrutar de un buen libro en uno de los bancos de forja del bulevar, o recrearme en un bucólico parque, viendo cómo juegan los niños, y sonreír a la mañana, sin que tú apagues el fluir de mi risa con un soplido. Algo tan insulso como sentarse en una terraza y tomar una taza de café, lo saboreo como si se tratara del más exquisito néctar de dioses.

Mis labios y mejillas van recobrando la suave tonalidad del sonrosado que me robaste del neceser. En realidad, me has robado tantas y tantas cosas que no pueden cuantificarse, pertenecientes a la esfera de los sentimientos, que un pintalabios y una polvera sustraídos ahora carecen de importancia.

Me miro al espejo y me voy encontrando distinta. Otra mujer, que resurge de sus cenizas. Las pestañas se curvan cuando les aplico metódica el rizador. Las cejas las perfilo para enmarcar el óvalo del rostro. Y los párpados reciben su leve toque verdoso, que confluye en la negra línea del lápiz de ojos. El perfume de azahar diluye tu presencia, el rastro de olor corporal tuyo, que aún queda im­preso en el dormitorio, a pesar de que desde hace medio año no estás a mi lado.

Marcus me observa paciente, inmóvil junto a la puerta entreabierta del cuarto de baño. Me da la sensación de que asiente con la cabeza cuando le digo que estoy preparada para salir y que soy una Sara renovada; que atrás, en un sombrío recodo, quedó la frágil y vulnerable Sara que no sabía cómo afrontar la daga de tu desprecio, Javier.

Estoy aprendiendo a no mostrar ese sobresalto irracional, que hacía que me transformara en un objeto insignificante, cuando amputo las fotografías en las que apareces conmigo, o arrojo a la basura las camisas y ropa interior que dejaste en el armario. Pronuncio tu nombre para preguntar al vacío de mis noches el porqué de tanta humillación recibida y no tiemblo cuando la brisa, enredada en suspiros por la ventana abierta, me devuelve invariable el silencio por respuesta.

Me acerco donde descansa Marcus y acaricio su cabeza. Mis dedos van trazando círculos en su pardo pelaje, a la vez que me mira sin esbozar sonido alguno. Le doy las gracias por serme fiel y le repito que sin él no podría tan siquiera respirar.

Tres denuncias, acompañadas de sus correspondientes partes de lesiones. Una orden de alejamiento y un quebrantamiento de la misma, que a punto estuvo de costarme la vida… Y el hecho de no disponer de nadie en mi familia que sea capaz de ayudarme, que me ofrezca su incondicional apoyo. Por eso, cuando entré a formar parte de la asociación de mujeres víctimas de violencia de género, dejé de ser un macilento rostro anónimo.

«Este es Marcus», hizo la presentación de rigor Juan, el presidente de la fundación de perros protectores.

Marcus, un precioso pastor alemán, que se acercaba a mí sereno, confiado en que le acariciaría a modo de saludo. A partir de entonces, él es mi sombra, una suerte de escudero que me protege y salvaguarda del mal, que eres tú: un ser abyecto, que merecería estar en la cárcel.

Durante tres semanas fui acudiendo con asiduidad a la fundación. Ocho mañanas, a la misma hora, me aproximaba a un enorme patio protegido por setos, supervisando el entrenamiento intensivo de obediencia y defensa del pas­tor alemán.

«El perro debe llevar este bozal cada vez que salgas con él. Se le denomina bozal de impacto, y está recubierto de acero. En caso de que sufrieses un ataque verbal, le deberás avisar con un brusco movimiento de la cuerda que le une al arnés y él se abalanzará sobre tu agresor, asestándole un golpe lo suficiente­mente fuerte como para inmovilizarlo, al tiempo que pidas auxilio», me refirió Juan a lo largo de la primera sesión.

Los primeros días me sentía extraña, porque pensaba que la gente me mi­raba como si fuese un bicho raro, al cruzarse conmigo y con mi acompañante perruno. Sin embargo, fui acostumbrándome a caminar confiada en que no me sucedería nada malo.

Sé que Marcus es un animal muy sociable. A diferencia de los perros de se­guridad, que muerden y tiran a matar siguiendo una orden que se les dé, los de protección son equilibrados y muestran un sentimiento de manifiesta justicia.

En realidad, me pasa como a la mayoría de las mujeres que se encuentran en una situación similar a la mía: no busco la venganza respondiendo con la mis­ma moneda, ya que eso equivaldría a posicionarme a tu mismo nivel. Lo único que deseo es que me dejes en paz, que te comprimas en una espiral de humo.

No dejaré que ojees en los renglones de mi cara lo que yo pienso de ti, ahora que te encuentras fuera de los márgenes de mi cotidianidad…

A pesar de todo el daño que me has ocasionado, me das pena. Me das lástima porque no tienes vida propia. La tienes supeditada a mi existencia. Vuelcas en mí tus frustraciones y sé que te corroe la felicidad que experimento, que va floreciendo con la plenitud de los primeros pétalos que se desperezan en primavera.

Sólo deseas encerrarme en la mísera celda que construiste para mí. Me sentencias a que perpetúe la condena a la que me sometiste durante unos eter­nos nueve años, en los que sólo fui tu esclava, que podías ultrajar según tu apetencia.

Estoy segura de que sufres porque me percibes pletórica, inhalando la es­quiva libertad que ahora va rodeándome, porque vuelvo a recuperar las amis­tades que daba por perdidas. Entro y salgo de casa cuando se me antoja y voy retomando las riendas de lo que me fue negado: un empleo con el que sentirme realizada, unos estudios que tuve que interrumpir desde que contrajimos ma­trimonio.

Tu cobardía te impide abusar de mí: crees que Marcus podría herirte. No obstante, noto que desde una prudente distancia me acosas. Un escaparate me devuelve durante fracciones de segundo el reflejo de tu cuerpo; te camuflas entre los viandantes aprovechando las grandes aglomeraciones y pronuncias mi nom­bre; intentas amenazarme de forma velada, dejando en el portal las páginas de alguna de las novelas que me quitaste…

La débil Sara murió en el atardecer de un recién estrenado otoño, pero, al mismo tiempo, se aferró con todas sus fuerzas a la vida.

Esta es la última carta, Javier, la postrera epístola que escribo sin tinta ni papel, siguiendo los dictados del pensamiento. De ella no te llegará ni una sola palabra.

Adiós, querido miedo.

Le doy la bienvenida a la esperanza, a una ilusión que va naciendo timo­rata pero que, indudablemente, dará vacilante sus primeros pasos y crecerá ali­mentada por las inmensas ganas de vivir que posee, sin aferrarse a las oxidadas cadenas de tu perversidad.

 

Sara.

 

© José Manuel Muñoz Serrano.

La mirada gris – Relato

La mirada gris

El gesto de la mujer es tan huidizo como la sombría mirada de sus ojos grises.

—Es su hijo, ¿verdad?

Responde con un imperceptible asentimiento de cabeza, sin despegar las manos de las solapas de su raído abrigo, ocultando la senda compuesta de trazos cárdenos que le ascienden por el cuello como minúsculas mariposas dispersadas en vuelo. Estoy seguro de que no es la primera vez que emprende un viaje en tren en un compartimento de tercera, amparada por su pequeño, un chiquillo de no más de ocho años. Tal vez ese sea el único pasaporte a una libertad efímera. El inconfesable deseo de soltar las amarras que la unen a su verdugo, si ella se armara de valor. Reconozco el pavor preso en las pupilas del niño, alertado por las aviesas intenciones que percibe erróneamente en cualquier desconocido que trate de entablar conversación con su madre. Inconscientemente, me veo a mí mismo reflejado en el espejo de ese crío…

—Vamos a pasar unos días cuidando a mi abuela materna, que la pobre está muy enferma.

Escucho lo que le argumenta a la señora oronda que está sentada a su lado. No me había percatado de que esta se hubiese interesado por él, ya que durante casi todo el itinerario había estado dormitando. Dejé de vagar la vista por unos campos entregados a la caricia del mes de noviembre, oyendo en sordina el barullo de los viajeros y el traqueteo de los raíles y me centré en observar al chaval.

Desde un primer momento reparé en la llegada del muchacho, que se acomodó sin mediar palabra junto a la señora obesa cuando llevábamos unas dos horas de tedioso trayecto. Luego, tras unos instantes de vacilación deambulando por el pasillo, apareció la que supuse que sería su madre, transportando una maleta de madera y cartón piedra. Retiré el periódico y el bolso de mano que tenía desparramados en el asiento adyacente y la mujer lo ocupó, con una incomodidad mal disimulada.

De improviso, van acudiendo a mi mente retazos del ayer, dolorosos recuerdos de la infancia…

Me encamino ahora a visitar a mi anciana madre, que sufrió hace tiempo las vejaciones de un malnacido, al que nunca llegué a reconocer como un padre. Hasta que este falleció, apoyado en una de tantas barras de bar donde consumía los ahorros del hogar, vivimos un continuo tormento. Ni siquiera nos importaron las deudas que dejó como herencia por doquier; fue como si la pátina oscura que nos cubría se hubiese evaporado cual niebla herida por el sol. Ya no había más reproches ni golpes, ni el llanto quedo pudriéndose en la garganta. Las noches se fueron tornando serenas, silenciosas. Las primeras madrugadas de invierno me refugiaba en el lecho de mi madre. Me arrebujaba en las sábanas de franela, abrazando su frágil y quebradizo cuerpo, con aquellas mariposas violáceas zigzagueando la geografía de su piel, tan similares a las de mi compañera de viaje. Ella apenas dormía, porque no se creía todavía que ya podía respirar sin temor alguno, que le era posible llenar con plenitud sus pulmones del límpido aire procedente de la sierra, que no existía ese miedo ingobernable de que al regreso del trabajo en las huertas del señorito a quien servía se lo encontrara en casa, repantigado en el sillón y con los pies calzados ensuciando la mesita del salón. Entonces le exigía que le pusiera en el mantel viandas para llevarse a la boca o que los domingos le entregara la semanada recién recibida, que guardaba en los pliegues del corsé con el que salvaguardaba su castigada espalda. Después le olisqueaba el cabello y los pechos ceñidos por finas capas de tela como animal en celo, aferrando una de sus muñecas para evitar que se desasiera y así, de esa forma, saber si algún indeseable se había acostado con ella. Mi madre se mantenía imperturbable, evitando que la repugnancia le arrebolara las mejillas. Aquella suerte de defensa que él consideraba llena de altivez, provocaba que él se desabrochara el cinto y la azotara. De ella no extraía palabra alguna, tan solo el espanto de su mirada gris, que se convertía en el único escudo que me impulsaba a protegerla. Con la parálisis desentumecida de mis miembros me aferraba a su vestido. Cuando comprobaba que no nos doblegábamos, que nuestros ojos no se comenzaban a velar con lágrimas, se marchaba mascullando entre insultos su propia cobardía. Tras el portazo, que hacía estremecer los cristales de la ventana, las horas transcurrían angustiosas, sin saber del grado de embriaguez en que regresaría: si retomando las palizas o llorando, con el falso arrepentimiento al que nos tenía acostumbrados, que pretendía arrastrarnos al lodazal de sus inseguridades…

—Ayúdame a llevar la maleta, me pesa el alma.

El niño se pone de pie y la agarra del brazo. Enseguida la nota incapaz de avanzar sola más de dos pasos seguidos. El tren no se ha detenido aún. Avanza con una lentitud exasperante, sobre todo a medida que se va acercando a la siguiente estación, donde madre e hijo han de apearse. Hago amago de mover unos centímetros su equipaje con la intención de que no tropiecen, pero el hijo no me lo permite. No obstante, observo en la madre un atisbo de agradecimiento, una sonrisa que se le marchita en los labios.

Hace poco más de una veintena de años que dejé atrás el pueblo en un tren como este, con parte del dinero sobrante del pago de las deudas obtenido por mi madre restándole horas y horas al sueño, dejándose los ojos en filigranas de bordados, almidonando cuellos y puños de camisas, haciendo dobladillos a infinidad de pantalones y alargando o acortando faldas y vestidos para aumentar el sueldo y permitir que yo pudiese estudiar. En aquella lejana época me convertí en un adolescente reservado, disgustado con la vida, al que le habían amputado de cuajo su inocencia. Resurgí de las cenizas labrando mi porvenir a fuerza de tesón y también de una enquistada nostalgia, la de no poder convencer de que me acompañara la persona que más adoro en el mundo…

El niño se dirige con su madre hacia la salida. Nada más pisar el andén esta se gira, deteniéndose indecisa unos segundos y me regala una tímida despedida con la mano. La ventanilla me ofrece su última imagen; en su triste mirada gris florecen frágiles pétalos de esperanza.

© José Manuel Muñoz Serrano.

Fragmento de la novela “En días de cielo gris”

Supuso que ese sería el hogar al que él acudía cada vez que desertaba de la vida conyugal. Guardaba indefectiblemente su sello personal: discos de Gabinete Cali­gari, Joaquín Sabina y Radio futura; un ejemplar manoseado de la novela Las edades de Lulú, de Almudena Grandes y otro, intacto, de Rosa Montero, Te trataré como a una reina, todo ello dispuesto en una oxidada estantería; ropa deslucida introducida de cualquier manera en bolsas y arrojada por el suelo, en lo que parecía el salón de la vivienda. Recorrió ella sola las otras dos habitaciones y encontró más de lo mismo. En ellas se percató de unas prendas de vestir masculinas y femeninas, desperdiga­das sobre sendos colchones y el piso. Dedujo que ambas estan­cias estarían compartidas por parejas. El cuarto de baño y la cocina desconocían la existencia de la palabra limpieza, sobre todo bañera, lavabo y retrete, que perdieron Dios sabe cuándo el originario blanco de la loza. Los pocos muebles arrumbados estaban llenos de papelinas vacías, jeringuillas, gomas gruesas, papel de aluminio, mecheros, espejos de mano, tarjetas de cré­dito inservibles… Cuando regresó de su inspección ocular, se encontró a Íñigo de pie, en mitad del salón, llorando indefenso. Eliana también estaba sumida en un llanto silencioso. Enton­ces, estando así, frente a frente, como si entre los dos mediara un espejo invisible, en el que en vez de reflejar la propia imagen de cada uno proyectara la del otro, él comenzó a desnudarse. La luz limpia del día se colaba por las lamas de la persiana y dotaba al decadente ambiente de un aura irreal. Empezó por las zapatillas, luego continuó por los vaqueros raídos, prosi­guió por la cazadora, el jersey y la camiseta de manga larga (en verano no usaba siquiera camiseta de manga corta o tirantes) y entonces, sin articular palabra, le mostró sus brazos enclen­ques, con huellas de pinchazos y el tórax, con los costillares que parecían horadar la piel. Se quedó así, en calzoncillos, con los brazos extendidos, sin mover un solo músculo. Ella se acercó a él y se desabrochó el abrigo, se quitó la bufanda, el jersey, la blusa, se desprendió de la falda, que hizo deslizar al suelo y se quedó en tacones y ropa interior. De un puntapié empujó la falda unos centímetros, dejándola caer sobre los vaqueros de él. Como si estuviera sola en el aseo, se llevó ambas manos a la espalda y se desabrochó el sujetador. Tan solo cubierta por las bragas, le mostró las intuidas y silenciadas marcas cosidas a su cuerpo, que no necesitó explicar con palabras. Ambos se abrazaron, quedándose en pie, hasta que las violáceas sombras del crepúsculo los bañaron en fría penumbra. No necesitaban decirse nada, pues eran dos seres indefensos, a la deriva de sus emociones…

Aquel fue su último contacto íntimo, semidesnudos. El resto de la semana actuarían con naturalidad, compartiendo risas y mú­sica, como si ese hondo sentimiento, entretejido de emociones que sintieron en unos minutos jamás hubiera tenido lugar.

Retornando a la rutina afrontaron el inevitable adiós.

Un adiós que se reinstaló en los resquicios de sus respectivas almas… (…).

© José Manuel Muñoz Serrano.

© Fragmento de En días de cielo gris. Editorial Círculo Rojo, 2018.

Lágrimas blancas – Relato extraído de “El frágil hilo del sentimiento”

Lágrimas blancas

 

 «Me llamo Kikhuyu, tengo quince años y me van a asesinar…».

Un primer plano de la cámara muestra su rostro visiblemente emocionado, tratando de contener las lágrimas.

Kikhuyu, un fantasma negro de piel blanca, la burda etiqueta que revela su condición de perseguido.

Unas diminutas y oscuras pústulas recorren su blanquecina piel, castigada por un sol inmisericorde. Pero el astro rey no es su peor adversario, a pesar de que su incidencia le hará quedarse ciego, o lo más probable y terrible, le acarreará un cáncer de piel. Sus enemigos son la ignorancia, la superstición y los prejuicios.

Kikhuyu sufre el castigo que le delimita su peculiar distintivo: una condición genética que no es más que la ausencia congénita de pigmento de ojos, piel y pelo.

En cualquier país el albinismo podría conducir a llevar una vida dentro de los límites de la normalidad, pero en África constituye un verdadero infierno.

Desde su nacimiento, Kikhuyu arrastra el estigma de ser tabú para los suyos.

Cuando Zatsuwa dio a luz a su sexto varón, creyó ser presa de una maldición que le traería al hogar numerosas tragedias, desde desconocidas enfermedades hasta la muerte.

Sin embargo, al acunarlo en su regazo sintió que aquel extraño ser que rasgaba con su llanto las primeras tonalidades del alba, necesitaba su protección. Aquella criatura rosada era una prolongación de sí misma, llevaba su sangre, y haría cuanto estuviera en sus manos para liberarlo de cualquier peligro. Tanto ella como Tatzu, su marido, decidieron ocultarlo a los ojos de los demás. Él por la vergüenza de haber engendrado a un vástago de Satán, y ella por el temor de que pudieran capturarlo para usar su cuerpo en rituales de magia.

Durante los primeros años de su existencia, Kikhuyu vivió escondido. Recluido en un exiguo espacio, la penumbra fue su fiel aliada. Ningún aldeano debía saber de su existencia, pues se enfrentaba a un posible secuestro. Zatsuwa intuía cual podría ser el destino de niños como su retoño y no quería que Kikhuyu se convirtiese en un desventurado caso más.

Una voz en off, durante el proceso de montaje del documental, refiere la dura realidad a la que se enfrentan cientos de Kikhuyus:

«Los albinos africanos están siendo exterminados. En Tanzania, al igual que en otros países desde Sudáfrica a Kenia, existe la extendida creencia de que pociones elaboradas con las extremidades cercenadas de sus cuerpos, conducen a quienes las toman a ser bendecidos por la fortuna. Chicos como Kikhuyu son usados como moneda de cambio. Suelen ser vendidos a los mejores postores, que valoran la mercancía como si fueran los diamantes más preciados. Así pues, cada año cientos de ellos mueren mutilados, víctimas de rituales en los que sus órganos se convierten en talismanes para huir de la muerte».

Zatsuwa vivía con el corazón encogido, preso de la zozobra. Si alguien descubriera su secreto, podría poner en peligro no solo su vida, sino la de toda su familia.

«Una noche mi padre regresó del mercado y se acercó al habitáculo donde yo dormía. Jamás lo había hecho hasta ese momento, puesto que no quiso saber nada de mí; me repudió nada más nacer, pero no puso ningún impedimento a que mi madre velase por mi protección.

» Aquella noche había bebido. Sentí la fetidez de su aliento sobre la cara y su respiración acelerada.

» Yo acababa de cumplir diez años, pero para mí ese era un día como otro cualquiera de mi largo cautiverio, al que había sido sometido para ser protegido del mal.

» Una de sus manos intentó sin éxito cubrirme la boca. En la otra llevaba un enorme y afilado machete…

» Abrí los ojos. Una frágil lámpara colocada en el suelo iluminaba el cuarto, donde unos pequeños huecos por ventanas me posibilitaban tener conocimiento del transcurso de los días y las estaciones del año.

» Él iba desnudo por completo y parecía disfrutar acariciándome con el machete…

» En ese momento descubrí el significado de la palabra miedo.

» Oí las graves voces de dos hombres y sus risas, que me helaron la sangre. Luego escuché los gritos de mi madre y el alboroto de mis hermanos, que acababan de despertarse.

» Semanas más tarde comprendí que a mi padre le habían ofrecido gran cantidad de dinero…».

Le cuesta continuar su narración. A medida que transcurre la grabación, se va sintiendo desprotegido. Aquella oportunidad la había estado esperando durante años y, ahora que le era concedida, no quería que fuese un simple sueño y que, al despertar, volviera a experimentar el temor a ser secuestrado. Un temor que lo acompañaba día tras día como fuliginosa sombra.

«Es tu oportunidad. Esto es un llamamiento a la comunidad internacional», las palabras de la traductora le llegan en sordina, como si fueran un eco lejano.

Kikhuyu no necesitaba que le dijeran nada referente a lo que podría sucederle de continuar en el país. Casi un año antes, había sido testigo del salvaje crimen de una joven albina. Él pudo escapar justo a tiempo de ser el siguiente en morir, como le sucediera en la noche de su décimo cumpleaños. En cambio, no pudo olvidar el tormento que supuso llegar a ver el ensañamiento de aquellos cazadores, que comenzaron a descuartizar a la joven en su presencia…

Endogamia.

Aquella palabra desconocida se abre paso en los oídos de Kikhuyu.

«Mientras que el albinismo aporta una tímida incidencia de casos en el resto del mundo (un occidental de cada veinte mil), en Tanzania el registro de casos es de uno de cada mil cuatrocientas personas».

Meros datos estadísticos que a él no le aportan nada. Lo que sí le llama la atención, mientras se rueda el documental es la información que los responsables del mismo manejan. Le cometan como curiosidad que en la antigüedad los albinos eran venerados porque suponían algo excepcional en el conjunto de la población, y que su estigmatización empezó a hacerse palpable por el simple hecho de que no podían desempeñar las labores del campo, puesto que debían protegerse del sol.

Una vez más el hándicap de lo distintivo. El pecado de ser diferente…

¿Habrá alguien que al escucharle se conmueva?

Kikhuyu se convierte en portavoz de voces silenciadas.

«¿Qué sucedió esa noche?»

Unos segundos en silencio.

La cámara enfoca sus ojos, que apenas parpadean. Va alejándose de manera progresiva hasta abarcar su rostro completo. Kikhuyu no desvía la mirada. Desaparece su nerviosismo y comienza a hablar de manera sosegada.

«La primera huida…

» Sentí el peso de mi padre sobre mi cuerpo. Su espesa saliva recorría mi cabello. Susurraba algo, pero no logré entender lo que me decía…

» Su sudoroso cuello me rozaba las mejillas y la boca. Una y otra vez, mientras restregaba su cuerpo contra el mío.

» Entonces, cerré los ojos y le mordí con todas mis fuerzas en la base del cuello. Hundí mis dientes en la dureza de su carne, como el león a su presa. Mordí hasta quedarme sin aliento. Él empezó a moverse de forma brusca, tratando de apartarse de mí. Aturdido, dejó caer el machete. Lo recogí del camastro y le asesté con todas mis fuerzas un tajo en uno de sus brazos. La sangre manaba de ambas heridas y sus gritos hicieron entrar a aquellos dos hombres, cuyas risas habían quebrado la serenidad de la noche. Se acercaron a socorrerlo y no se percataron de mi presencia.

» Me escabullí reptando por el suelo, de la misma forma que había visto hacer a una serpiente que pude cazar días antes junto al camastro».

El miedo le hizo correr sin mirar atrás. No sabía dónde acudir, qué hacer. Se encontraba cada vez más débil. Apenas comía, sólo las escasas sobras diarias que la madre le ofrecía.

Estaba a merced de una flora y fauna inhóspita. Se abrió paso a través de olorosos pastos y arbustos, hasta llegar a la orilla de un arroyo que, en época de lluvias, como en la que se encontraba, se desbordaba hasta adquirir el caudal de un río. Las difusas luces del amanecer, con sus tonos anaranjados, lo condujeron a los pies de un inmenso baobab. El árbol parecía acariciar el cielo y a su sombra, Kikhuyu se sentía a resguardo. Encontró una hendidura en el tronco, lo suficientemente grande para escudarse de un sol que se acababa de desperezar y teñía de intensos colores la naturaleza que le rodeaba. Distinguió a lo lejos unos animales en manada, con unos afilados cuernos que se aproximaban al arroyo. Supuso que serían ñus azules, puesto que su madre le había relatado historias de esos antílopes. Protegido por aquel abrazo de vida que parecía acogerlo en su vientre, se quedó dormido. Soñó que se desplazaba a lejanos lugares donde poder vivir feliz…

Aprendió a desplazarse haciéndose invisible, como por obra de algún tipo de ensalmo. Pero por más que lo intentó, no pudo recrear con exactitud lo que le aconteció durante los siguientes días. Se perdió en la nebulosa de sus recuerdos.

Los recuerdos comenzaron a hacerse nítidos tres semanas más tarde…

Un atardecer emprendió el regreso a la aldea. Cuando llegó a sus inmediaciones, descubrió desde un altozano que la choza donde vivía había sido destruida. De ella no quedaban más que cenizas.

Peregrinó sin rumbo, alimentándose de lo que un entorno pródigo en frutos silvestres le ofrecía, hasta que una mañana descubrió en las proximidades de un poblado a su madre. La acompañaban tres de sus hermanos. Ella llevaba puesto sobre la cabeza un rodete, que le servía de base para transportar una tinaja llena de agua, y los hermanos portaban viandas que acababan de adquirir en el mercado.

Su fantasmal presencia provocó que sus hermanos se pusieran en guardia. Zatsuwa, en cambio, con un simple gesto de sus manos, los apartó. Dejó en el suelo la tinaja y se acercó a su hijo.

«¡Kikhuyu! Estás vivo… ¿Dónde estuviste?»

No podía contestarle. Una opresión en la garganta se lo impedía.

Sintió el aroma a fruta madura de su madre, que lo levantaba en un cálido abrazo como si fuera un bebé, cubriéndole la frente de besos.

«No digas nada, no es necesario… Sólo quiero que me escuches. En esta zona estás en peligro. Tus hermanos y yo también lo estamos, pero nos protege mi primo Masbutto. Él es un hombre influyente. Se dedica al ganado. Mientras nos siga resguardando en una de sus casas, no nos sucederá nada, pero si a él le ocurriera algo, sería nuestro fin. Debes esconderte, no pueden verte en el poblado. La gente nos mira con desconfianza. Sabe lo que sucedió en la aldea…

» Tu padre murió desangrado. Uno de los mercaderes salió despavorido en tu búsqueda. El otro, en cambio, nos amenazó. Mira esta cicatriz, ¿ves cómo cruza mi pecho? Me la hizo ese tipo. Guardó en sus bolsillos el dinero que tu padre había colocado junto a tu camastro. Dijo que éramos basura, y que a la basura había que quemarla…»

Un incontrolado llanto empañó sus palabras.

«Huimos con lo puesto. Perdimos los animales, que eran nuestro sustento. No podíamos continuar en la aldea. Entonces, me acordé de Masbutto. No nos veíamos desde que tu padre y yo nos comprometimos. Supo de tu existencia. Le conté que tenía que encontrarte y buscar un lugar donde estuvieras a salvo. Sé que él está intentando localizarlo. Una voz me decía que estabas vivo. Kikhuyu, no nos queda nada. Las llamas lo devoraron todo…

» Ten mucho cuidado. Escóndete cerca de este camino de piedras. Procuraré traerte comida. Estamos instalados cerca de aquí…»

«Unos días más tarde del reencuentro con mi madre, ésta acudió al lugar donde me escondía acompañada de Masbutto. Él se mantuvo apartado, guardando las distancias, impresionado al ver a un negro blanco por vez primera. Había investigado acerca de centros donde podrían ser acogidos muchachos como yo.

El más cercano se hallaba a unos doscientos kilómetros, en una extensión de terreno baldío, apartado de cualquier rastro de civilización.

» Detrás del edificio en ruinas, que llegaría a ser mi hogar durante los siguientes cuatro años, se alzaba un pequeño prado que servía de pasto para las vacas y un cobertizo donde éstas se resguardaban.

» Vivíamos hacinados chicos de casi todas las edades. El más pequeño tendría unos cinco años y el mayor de todos trece. Cuando alguno de los internos cumplía los catorce, no podía continuar allí. Lo transportaban en una vieja camioneta (similar a la que Masbutto utilizó para emprender aquel viaje durante interminables horas), para conducirlo supuestamente a su lugar de procedencia.

» Durante aquel trayecto por caminos de cabras hasta llegar al centro, tuve que permanecer arrebujado en mantas en los asientos traseros, para evitar que alguien me pudiera ver. En el pesado remolque que arrastraba el vehículo, tres terneras eran el pago ofrecido por mi estancia…».

Los cuatro años que Kikhuyu permaneció interno, el miedo le acompañó durante cada día; parecía dormir agazapado en un rincón y murmuraba en su secreto lenguaje los peligros que le continuarían acechando.

Entre las sombrías paredes del taller que incluía, todos los chicos se encargaban de llevar a cabo gran variedad de tareas. Apenas podían moverse para desplazarse por los angostos pasillos. Realizaban labores de costura, remiendo de calzados, reparación de piezas mecánicas… Si alguno osaba haraganear o no llevaba a cabo de manera correcta el trabajo encomendado en una cadena que parecía no tener fin, era golpeado con ensañamiento y confinado durante un indeterminado número de días a un cubículo donde la luz diurna no tenía cabida.

Kikhuyu procuraba abstraerse del asfixiante clima que allí se respiraba entregándose a los quehaceres con diligencia. La continua resonancia de la maquinaria le idiotizaba, pero al menos le impedía en pensar en su madre y en sus desconocidos hermanos, con los que hubiera deseado tener contacto desde que tuvo uso de razón.

Lo peor de todo eran las noches.

Intentaba quedarse dormido cuando la sabana comenzaba a despertarse con los quejumbrosos sonidos de animales nocturnos. Sin embargo, cuando esos sonidos eran engullidos por el del motor de una camioneta acercándose al centro, volvía a palpitar en sus sienes el miedo. Uno de los vigilantes entraba al barracón donde los chavales dormían en estrechas literas y con una linterna iba enfocando los soñolientos rostros.

En un principio, Kikhuyu pensó que actuaban de madrugada para llevarse a los compañeros que rozaban la edad límite, para no ser sorprendidos por los mercaderes.

A medida que transcurría el tiempo, Kikhuyu descubrió que el foco de la linterna no se detenía solamente en los chicos mayores, sino que también se recreaba en los cuerpos de niños pequeños que presentaban un mayor lustre en su piel. Nunca volvió a saber de unos y otros.

Enjuto, con la piel pegada al hueso y siempre enclenque, no destacaba entre la mayoría de sus condiscípulos; de ahí que el haz de luz no se detuviera en él.

No obstante, la posibilidad de que unos dedos tocasen su hombro y una mano cogiera las suyas, era para él un auténtico martirio.

Un Kikhuyo púber, más alto que los demás, empezó a llamar la atención en el taller. Los encargados pasaban por su lado y lo miraban de soslayo. Sus largas extremidades parecían convertirse en un reclamo para ellos. Le ofrecían más comida que al resto y le amonestaban si no llegaba a apurar su plato. Él era consciente de la expectación que suscitaba y esperaba con angustia el momento en que la linterna se detuviera sobre su rostro. Quizá su extrema delgadez supusiera que el haz de luz pasara de largo.

Ya había cumplido los catorce años. Le constaba que la fecha de nacimiento había sido apuntada nada más llegar al centro, de ahí que tuvieran un control exhaustivo de todos aquellos que se acercaban a la edad límite.

Kikhuyu comenzó a relajarse. Consiguió conciliar el sueño nada más caer sobre la cama. Se sentía protegido por los dioses.

Por ese motivo, apenas fue consciente de que unas manos lo sacaron violentamente de su cama durante el transcurso de una madrugada.

Aturdido por el frescor nocturno, se encontró a las puertas de una desvencijada camioneta. Tres hombres lo empujaron dentro. El recuerdo de la noche de sus diez años volvía una y otra vez a su mente.

Cuatro años y medio más tarde volvía a sentir esa intensa sensación de miedo que le instaba a actuar con rapidez de movimientos. Sin embargo, a diferencia de la anterior ocasión, una soga lo paralizaba.

Horas más tarde, la camioneta se detuvo en una arbolada pradera, junto a un chamizo abandonado. Lo bajaron con brusquedad del vehículo y le quitaron la soga que habían pasado por sus manos y pies. Estaba entumecido, de tal manera que apenas se podía mover. La claridad solar bañaba con su límpida luz el silencioso paraje. Sus ojos comenzaron a lagrimear llorosos. Los contornos se le iban haciendo borrosos. Pero entre las lágrimas, que le iban formando espesas legañas, distinguió otra camioneta. De ella bajaron a una joven albina, de unos veinte años, a la que le habían puesto una venda en los ojos. La chica comenzó a gritar y a patalear, pero quienes la custodiaban no dejaban de reír. Uno de ellos la golpeó en uno de sus pies y cayó al suelo. Kikhuyu alcanzó a ver como una afilada hoja de machete caía sobre uno de sus tobillos. Aquello fue suficiente. No pudo continuar mirando. Se desmayó y por unos instantes creyó perder el conocimiento.

Cuando volvió en sí, contempló como sus captores se recreaban en el cuerpo desmadejado de la víctima. No podía perder ni un segundo. Mientras ellos estuvieran embelesados en tan vil atrocidad, Kikhuyu debía reunir sus maltrechas fuerzas y atravesar la pradera.

Por desgracia, se internó en un claro.

Se convirtió en presa fácil de sus captores que lo perseguían pertrechados de rifles. La esquirla de una bala rozó su pantorrilla derecha, provocándole una quemazón. Sintió que no tardarían en atraparle. Cuando sus ojos comenzaron a nublarse, cuando creyó que ya estaba todo perdido, aconteció el milagro.

No supo explicar lo que le sucedió a continuación. Sus pies se le enredaron en unas altas hierbas que surgieron de la nada. Trepaban por sus extremidades inferiores y le empujaron hasta dar de bruces con una tierra que iba tornándose húmeda y suave. Por más que intentaba moverse y desprenderse de las enredaderas que crecían en torno suyo, no podía mover un solo músculo. Escuchó los sigilosos movimientos de sus perseguidores. Incluso percibió la vibración de las pisadas de uno de ellos a tan solo un palmo de distancia…

Kikhuyu se tornó invisible. Era fresca hierba que exhalaba su verdor al aire. Su cuerpo se había ido transformando en un largo y fino tallo del que surgían ovaladas hojas que iban trenzándose en un descoordinado baile unas con otras. Una desconocida y melodiosa voz entonó una nana en sus oídos. El sueño le venció.

«Conseguí despistarles. Sin embargo, sería incapaz de precisar con certeza lo que sucedió después. Estaba realmente se- diento y casi no podía respirar. El calor era tan intenso que mis movimientos fueron haciéndose cada vez más torpes, hasta que ya no pude más y creí derrumbarme. Las fuerzas me abandonaron y caí sobre un lecho de hierbas en un claro de la pradera. Cuando volví en sí, me encontré tumbado en una camilla, en el pasillo de un concurrido ambulatorio».

Incapaz de relatar lo que en realidad le aconteció, Kikhuyu siempre creyó que la persecución que vivió fue algo irreal.

Despertó y se encontró tumbado sobre una tierra rojiza, áspera al tacto. En derredor sólo podía alcanzar a contemplar unos árboles milenarios, situados a bastante distancia de donde había caído. No había rastro de hierbas con hojas ovaladas enredadas protegiéndolo como escudos. Semidesnudo, el sol había incidido en la blancura de su cuerpo, provocándole ampollas y una especie de úlceras, distribuidas por los hombros y parte del rostro. Notó una insoportable tirantez en la piel, que había ido adquiriendo un intenso tono rojizo. La rojez se iba extendiendo poco a poco por casi toda la espalda y el pecho. A pesar de que le costaba incorporarse, bendijo a los dioses por haberle permitido despertar de una pesadilla. Mientras sus labios musitaban una oración, una punzada de dolor le hizo vomitar. Contempló la sangre reseca de su pantorrilla derecha, que parecía como si se la hubieran quemado con un hierro incandescente. Circundando la herida, un color oscuro se iba distribuyendo por su pierna, como si fuese tinta derramada sobre un blanco papel.

De repente, el ruido de un motor le sacó de su ensimismamiento. Ya no habría más huidas, llegó a pensar, los captores habían regresado para finalizar su cometido. Difusas imágenes procedentes de su triste infancia circularon por su mente.

En cambio, aquella no era la camioneta que le condujo al chamizo. Se trataba de un camión oscuro que llevaba impreso sobre fondo blanco una cruz roja. El vehículo se detuvo a tan solo un escaso metro de donde Kikhuyu se hallaba. Unos pies blancos, protegidos por un cómodo calzado se detuvieron a escasos centímetros de su cara. Los tres pares de pies que caminaron recorriendo su desmadejado cuerpo correspondían a los de unos hombres que hablaban en un musical y raro idioma. Cuando abrió los ojos, de los que no le cesaban de caer silenciosas lágrimas, se encontró frente a un sonriente rostro, de rasgos distintos a los suyos. No se trataba de un albino como él, sino de un blanco. Durante sus primeros diez años de cautiverio, en más de una ocasión, su madre le había prevenido del hombre blanco. Ellos esparcen la desgracia allá donde van, le llegaba a decir, aleccionándole acerca de la vida que palpitaba más allá de su encierro. Pero ahora que tenía a ese hombre frente a sí, que le hablaba en una lengua incomprensible, con unos ojos que reflejaban la infinitud del cielo y que parecían sonreír como su boca, sintió que la Providencia había acudido una vez más a su encuentro.

La vida se resistía a abandonar a Kikhuyu. Durante días, unas altas fiebres le hicieron convulsionar. Era incapaz de entender las palabras de las personas que le atendían, pero por la forma en como lo escudriñaban, pensaba que no tenían nada que hacer por él. Las sombras velaban su mirar, pero podía distinguir su figura…

Era joven y hermosa, vestida con una nívea túnica. El azabache de su piel surgía de la nieve de su velo y de una extraña vestimenta. Cuando le bajaron del camión, ella lo acomodó en un jergón, a guisa de camilla. Te pondrás bien, le dijo en el dialecto de su aldea. No tengas miedo, pequeño, siguió en un murmullo. Unas blancas lágrimas como agradecimiento fue lo único que él pudo responder, antes de abandonarse a la inconsciencia.

«Trabajo en un ambulatorio. Ayudo a administrar medicación a los niños y a sus madres. Éstas recorren a pie varios kilómetros para encontrar un oasis de paz y sosiego. Por primera vez en la vida me siento útil, pero mi mundo se limita al ambulatorio. Mis ángeles de la guarda ya han sido amenazados de muerte en muchas ocasiones porque se niegan a entregarme. Me sentiría culpable si a ellos les sucediese algo por mi culpa… Si alguien me estuviera viendo, si un alma pura sintiera la desdicha de mis palabras… Estoy muriendo lentamente.

» Me llamo Kikhuyu, tengo quince años y me van a asesinar…»

El rodaje del documental finaliza y Kikhuyu abandona la aldea donde nació. Durante semanas se convirtió en una de las localizaciones utilizadas.

«No tienes que preocuparte, con nosotros estás a salvo», le comunicó la traductora cuando lo recogieron del ambulatorio.

Ahora regresa de nuevo al centro. Sus salvadores le abrazan y ella, cuyo nombre aún desconoce, lo besa en sus mejillas.

«Europa no es impasible a tu sufrimiento», le argumentan.

Kikhuyu siente que son promesas esparcidas al viento. Sus lágrimas blancas no llegarán a sacudir conciencias, por eso no las vierte.

Su espíritu vuela errático hasta llegar al cálido abrazo del baobab que lo acogió en su vientre. Desearía ser su savia y que su madre, a quien no volvió a ver jamás, le protegiera de todo mal.

«Me llamo Kikhuyu y soy un árbol venerado por cientos y cientos de generaciones en Tanzania. Mi piel se recubre de su corteza y crezco con la mirada firme, elevada al horizonte…».

 

© Relato extraído de El frágil hilo del sentimiento.

© Editorial Círculo Rojo, 2015.

© Autor: José Manuel Muñoz Serrano.