La esquina de mi soledad – Premio Accésit

LA ESQUINA DE MI SOLEDAD

Premio Accésit del V Certamen Literario

“Universo de cartas de amor y/o desamor”

Querido Claude:

No sé por qué obtusa razón te escribo esta carta sin fundamento que jamás llegaré a entregarte. Estoy segura de que nunca la hallarás entre las sábanas, plegada en un pulcro rectángulo, o sobre la mesita de noche, junto al dinero con el que pago tus servicios, cuando me dejas sola al término de nuestros encuentros y te diriges con tu impúdica desnudez al cuarto de baño. Mientras escucho el deslizamiento del agua de la ducha permanezco inmóvil en la cama. Recobro la consciencia de donde estoy y me voy deshaciendo del letargo en varios parpadeos para enfrentarme a la realidad, a un vacío universo de inseguridades y rutinas que me diluye a diario en un trazo de cotidianidad.

Desconozco si tu verdadero nombre es Claude, y en cierto modo, aunque parezca una puerilidad por mi parte, me avergüenza no saberlo, puesto que te entrego los íntimos recovecos de un cuerpo que dobla tu edad, para que sea acariciado por tus sabios dedos, por esos labios carnosos que rehúyen con prudencia de los míos y delimitan con su rechazo las insalvables fronteras existentes entre ambos.

A veces te susurro el nombre que parece hecho a medida para ti: Claude. El nombre que deseo que tengas y que vi reflejado en la pantalla del ordenador, acompañado de tus escuetos datos personales: número de teléfono, medidas y una arrogante fotografía donde te mostrabas semidesnudo. Sin embargo, la mayoría de las veces no te das por aludido al nombrarte, como si yo llamase a otro hombre y murmuras largas parrafadas en un idioma extranjero, mientras me abres las compuertas del placer. Quizá sea tu lengua materna procedente de algún país eslavo y lo que me refieres al oído no son más que burlas solapadas que recibo como cumplidos.

Te da igual cómo me llamo, quién soy, a qué me dedico. Eso no te incumbe, como tampoco debería incumbirme si tienes veinticuatro años, si dejaste tu lejana Hungría (te ubico en mi imaginación en la bella Budapest) en pos de un futuro mejor, o si tus expectativas se tornaron en mero fracaso al no encontrar fuera de tu tierra lo que aspirabas.

«Discreción», rezaba el anuncio donde apareciste por ensalmo. Y «Suaves caricias y momentos inolvidables», a modo de apostilla. Eso es lo que me ofreces en cuanto me pongo en contacto contigo y acudo a buscarte. Entonces abandono el rol de mujer casada con dos hijos; de aburrida esposa fiel encerrada en el tedioso corazón de una vida anodina, insustancial, que va languideciendo en su provinciano círculo de amistades.

¿Por qué me fijé en ti y no en otro? Entonces no lo supe. Ahora, en cambio, sí lo sé. Fue tu mirada, esa candidez que rezuman tus ojos color miel, que parece desmentir tu pícara sonrisa y los hoyuelos que se te dibujan en las mejillas.

Te escogí porque encontré un rasgo distintivo con respecto a los demás, del inabarcable catálogo que se me iba desplegando a través de la red. Te seleccioné sin atisbo de duda porque más allá de la perfección de un cuerpo apolíneo percibía, sin saber cómo ni porqué, una potencial fuente de ternura.

A tu lado me olvido de quién soy, de mi trabajo de reputada fotógrafa, de los quebraderos de cabeza que me proporcionan mis gemelos veinteañeros, de un marido huraño que me muestra una constante indiferencia, con quien no puedo compartir mis inquietudes y que le daría igual que expusiera en galerías de arte rostros rubicundos de niños ingleses o los claroscuros de un joven húngaro, un pletórico Claude en cueros. Arturo y yo somos dos entes que conviven bajo un mismo techo, que comparten el vaso de la repisa del lavabo con sus respectivos cepillos de dientes, algunos almuerzos, cenas frugales y un lecho que desconoce el significado de la palabra amor. En lo que respecta a Manu y Salva, van desligando sus existencias de las de sus progenitores: hace tiempo que dejaron de intercambiar confidencias con su protectora madre y se muestran esquivos si pretendo hurgar en algo tan inocente como preguntarles cómo les va.

Apareciste de la nada, Claude. Fue durante una larga madrugada insomne en la que Arturo se hospedaba a más de mil kilómetros de distancia en un supuesto viaje de negocios, del que posteriormente regresaría con malhumor días después. Estaba sola, los gemelos dormirían en casa de algún compañero de facultad, como solían hacer durante buena parte de la semana o, por qué no, en la de sus novias. La carencia de sueño formaba parte de mi desazón y la lectura no lograba suplir la aflicción que me iba minando poco a poco. En esas ocasiones, no conseguía centrarme siguiendo la trama de una vieja película, y dejaba transcurrir las horas muertas frente al ordenador, buscando imágenes bucólicas que inspiraran mis próximos trabajos. Al cabo de un rato fui prestando atención a anuncios de perfumes, a modelos masculinos en poses altivas, sensuales, derrochando un exacerbado erotismo viril, y como si fuera un juego, imaginé cómo sería mi vida compartiéndola con uno de ellos. Me introduje en la maraña de páginas de contactos de las que posteriormente eliminaría su rastro. Comenzaron a cautivarme las explícitas e insinuantes poses de chicos del este, sin ropa alguna, hasta que, de todos ellos, me percaté en ti, en la presencia de un joven fibroso con un calzoncillo ajustado, de cuya piel morena resbalaban minúsculas gotas de agua, como si acabase de ducharse. Con la única prenda que llevabas puesta, de color gris, también mojada, dejabas atisbar la rotunda protuberancia que ocultabas y que en cuestión de unas horas me sería revelada en su plenitud… Arranqué una hoja de libreta y anoté tu nombre, Claude 24, y el número de teléfono. En esos momentos no pensé que tu hipotética edad, ese lozano veinticuatro, superaba en dos años a la de mis hijos. Sólo quise saber si eras de carne y hueso, si tras el erotismo que emanabas como uno de los perfumes que había visualizado minutos antes, llegarías a prodigarme las caricias y momentos inolvidables que prometías como reclamo diferenciador de tus otros hedonistas compañeros.

Te confieso que en la habitación de hotel la culpabilidad huyó veloz saltando por la ventana. Hasta que tus manos no desvistieron mi porte de institutriz, impostado por un moño y traje de chaqueta y falda a media rodilla ocre que seleccioné del fondo de armario la mañana siguiente, indispensable para mimetizarme con la estación otoñal, no conseguí aplacar los nervios que me consumían. Después todo fue tan pausado y tierno que me reproché no haber saboreado nuestro breve paseo por el parque, pisando la mullida alfombra de hojarasca: tú tan elegante, con el cabello oscuro corto y bien peinado, trajeado, pero con ese leve toque desenfadado que imprimías a tu fisonomía con los piercings de coco perforándote las orejas; y yo, por el contrario, tan sobria y de aspecto severo, caminando a tu lado, tras abandonar una de las esquinas de la Plaza Mayor, donde quedé apostada para que me identificaras, con el pañuelo de tonos rojizos anudado al cuello y un libro de poemas asomando del bolso. Siempre recordaré tu primer saludo de esa mañana dominical, hace ocho meses, cuando pronunciaste mi nombre con tu supuesto acento húngaro y yo asentí azorada. Estuve a punto de irme si te hubieses retrasado un minuto más, y lo hubiera hecho incluso en tu presencia, antes de cometer la mayor locura de mi vida, pero bastó escuchar el grave sonido de tu voz para retractarme de la idea que me iba galopando frenética por la cabeza. Me dejé guiar por el táctil baile de tu mirada limpia y serena transitando por mi rostro levemente maquillado y los generosos pechos. Me dejé embaucar por esos ojos que ya me iban licuando en su miel y que se cruzaban con la negrura de los míos… A pesar de que el estado de agitación me impidió disfrutar del rápido recibimiento, sí lo hice en la silenciosa habitación alquilada. Quise retenerte entre mis piernas, abrazada a tu espalda, con la presión ejercida por mis uñas; me estremecí al percibir el recorrido de tu lengua por los recodos de mi piel, que enrojecía con tu roce…, pero el inmisericorde tiempo nos iba separando. Abandoné el hotel, deambulé horas y horas por la ciudad, aspirando las tenues vaharadas de tu olor corporal…

Durante los días y semanas subsiguientes, tejía en la duermevela un secreto que iba ocultando a mis amigas íntimas. Ellas me cuestionarían al punto de hacerme sentir culpable. Posiblemente Arturo también tejía sus propios secretos, y los viajes cada vez más frecuentes que tildaba de negocios de empresa no fuesen sino la perfecta excusa de desligarse de mí y dejarse acoger por su amante. Ni qué decir tiene de Manu y Salva, que me aíslan para no variar y actúan como si fuese invisible.

Recurro a ti, Claude, como una válvula de escape a mis plomizos días preñados de nubarrones grises. El dinero no me proporciona la felicidad; no sé sacar partido de él. No me importa que nuestros furtivos contactos, que trato de postergar con intención para que se vuelvan únicos y diferentes a los precedentes, se dilaten más de lo acordado. Quisiera que no te marcharas en cuanto vacío la cartera, que no te encerrases en el aseo esperando a que me vista y abandone la habitación. Me encantaría que nos viésemos casualmente, que compartiéramos una tarde de cine, como dos enamorados y que pasáramos desapercibidos a los demás, que nadie nos juzgara. Por eso, en los eternos lapsos temporales en los que no te telefoneo, cuando añoro tu piel entrelazada con la mía, cuando tus manos y labios y las palabras que esbozas en tu enrevesada lengua tratan de volatilizarse en recuerdos, camino hasta la Plaza Mayor, ya vestida de colores diáfanos, y te espero infructuosamente. Mi querido Claude… Parezco una adolescente que no sabe qué hacer para que te fijes en mí y no sea una clienta más. Dejo transcurrir minutos y horas y al quebrarse la magia que recreo en la febril imaginación, me retiro de la esquina donde dio comienzo nuestra extraña historia, la esquina de mi soledad.

© José Manuel Muñoz Serrano.

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Fragmento de “En días de cielo gris” – Editorial Círculo Rojo

Eliana terminó de ayudarle. Los papeles los fue colocando junto a los que ella transportaría por la mañana. Cuando Hum­berto se tumbó boca abajo en la cama, Eliana cerró ventanas y cortinas. Siempre lo hacían por precaución. La luz de las velas era tan débil que los claroscuros acentuaban con inusitada plas­ticidad sus cuerpos desnudos, enredados entre los frunces de las sábanas, como si de una pintura de Caravaggio se tratase.

—Todo saldrá bien —le expresó ella, fingiendo una certidum­bre de la que carecía, soplando las velas, para evitar que viera el reflejo de sus lágrimas, el miedo destellado en sus ojos grises.

Y mientras sus pieles se licuaban de deseo y sus cuerpos se volvían un solo cuerpo con dos corazones latiendo al unísono, afuera cobraba vida el estremecimiento de quienes vivían sumi­dos en la injusticia, los llantos de quienes lloraban ausencias, el quedo lamento que nunca hallaba alivio…

Estuvo tentada de deshacerse del material, arrojando a la ba­sura los papeles que le quemaban al sopesarlos con las manos, pero eso hubiera sido algo imperdonable, una traición que no estaba dispuesta a asumir. Prefirió que no la ayudara a colocár­selos, ni siquiera miró cómo él se los volvía a poner. Él esperó paciente a que ella terminara y durante eternos minutos en silen­cio permanecieron frente a frente, en cueros, como si quisieran aprenderse de memoria las líneas de sus respectivos cuerpos, a la endeble luz del amanecer.

***

Su mente enhebraba sin cesar oscuros augurios. Temía perder­lo. Seguramente ambos ya estaban perdidos desde hacía tiempo…

Lo más sencillo fue llevar a cabo la tarea. Lo más complicado, en contrapartida, vivir los días posteriores con la zozobra de sen­tir una sombra pegada a sus espaldas…

 

© José Manuel Muñoz Serrano.

Sinopsis y Booktrailer de “En días de cielo gris”

Sinopsis:

En días de cielo gris recoge una intensa novela corta que da título a este volumen y una selección de trece deslumbrantes relatos.

Déjate envolver por un sorprendente universo sensorial, en el que se desnudan las aristas del corazón: una desaparición forzosa y otra voluntaria, anverso y reverso de una misma moneda; unos abuelos a los que se les deniega el acceso a sus nietos y la violencia machista a través de diversos prismas; carencias afectivas que van emergiendo a raíz de un incidente en apariencia trivial; el abrazo de la añoranza y la nostalgia; irreparables ausencias que se enredan en el alma; la sombra parpadeante de los prejuicios; amores imposibles y silenciados; los laberintos de la memoria y las antesalas del olvido; evocaciones de una época lejana…

Unas historias que acarician la fibra de los sentimientos, que se aferrarán a tus emociones y sentidos en días de cielo gris, en los que nos llueve por dentro, pero las nubes quedan afuera.

Booktrailer:

 

Relato extraído de “En días de cielo gris” – Editorial Círculo Rojo, 2018

Parpadeos

La vida es un mero parpadeo. Abre los ojos y ciérralos.

Roger Wolfe

 

A Héctor y Lucas les seduce el solitario ángulo de la calle que da inicio a un sombrío callejón. De todos los lugares que frecuentan ese es su preferido, ya que parece ser concebido a su medida.

La hora siempre la misma, rayana la medianoche. El mes favo­rito abril, con el perfume de azahar ciñéndolos en un sutil abrazo.

El tramo menos frecuentado del barrio, ya lo han constatado infinidad de veces. El anacronismo, delimitado por una tienda de artículos eróticos, convive con las ancianas casas de planta baja, que salpican sus ventanas enrejadas de geranios y gitanillas. El letrero luminiscente del establecimiento parpadea. Y sus par­padeos son cada vez más prolongados, de tal forma que cuando se cierne a intervalos la oscuridad, la luna cubre a ambos con su beso de plata.

Besos son también los que ellos se prodigan.

Un parpadeo. Un beso.

Otro parpadeo más prolongado y la boca principiando la ruta táctil: mejillas, frente, nariz, hasta llegar de nuevo a su origen: la carnosidad de los labios.

Entonces el letrero vuelve a cobrar vida, destacando impúdi­co el contenido que expone.

Héctor y Lucas se separan. Sus miradas bailan una breve e intensa danza de deseo, presta a ser satisfecha en unos minu­tos. Ninguna farola los alumbra. En los instantes que quedan a oscuras, reciben el eco en penumbra de una tenue iluminación lejana. Disfrutan de esos momentos. Cualquier sitio a los que acuden para amarse es mucho más cómodo, pero ese en concre­to, a mitad de camino de sus respectivos hogares, lo encuentran privilegiado. Único.

Otro fundido en negro, y las camisetas se desprenden, para ser intercambiadas en sus torsos antes de que llegue la rojiza cla­ridad, siguiendo las pautas de un improvisado e inocente juego.

Y así una noche y otra.

Y otra noche más…

Hasta que en el albor de mayo la tienda erótica cierra los ojos, cansada de trasnochar y la oscuridad les vuelve dos amantes des­bocados, que no se conforman con besos ni caricias furtivas, ni tan siquiera con lucir la camiseta del otro. Se creen invisibles y se aíslan del ángulo de la calle, de las ancianas casas, del reclamo erótico de un escaparate enmudecido. Y entonces, sin importar­les que la luz se prenda de nuevo, se entregan a la pasión.

Pero de las sombras, agazapado, surge el odio… Una patada golpea a Héctor en el costado, luego un puñetazo el mentón de Lucas. Y cuando el establecimiento despierta del letargo se hallan tendidos en el suelo, semidesnudos, como muñecos rotos.

Y ya no hay más parpadeos capaces de ocultar su indignación.

© José Manuel Muñoz Serrano.

La habitación contigua – Relato

Sé cómo te sientes, Adriana. Eres el espejo en el que me miraba hasta hacía cinco años, los mismos que tiene tu hija Leire. Huidiza, durante varias horas al día, confías a la niña a las demás mujeres y te refugias en el cuarto que compartes con ella. Cierras la puerta y te gustaría que tuviese pestillo. Entonces, sin tú saberlo, sigo tus pasos, entro en la habitación contigua y me tumbo de costado en la cama. Si la pared no nos separase, nuestras manos se entrelazarían y las mías te transmitirían ese vigor del que careces. La sensación que estás viviendo la conozco. El miedo de que él te encuentre hurga en tu dolor, te retuerce. Presiento que encontrarás en mí el apoyo que necesitas, la destinataria de tus quebrantos. Todo es cuestión de tiempo…

Nunca debí casarme, Adriana. Jamás quise a Óscar. Si al menos alguien me hubiese escuchado cuando lo requería, no hubiera correspondido a las seductoras sonrisas de él. Mis hermanos y mi padre veían en él al joven ideal para que acabara con mis rarezas, las excentricidades de la retraída Ángela. Tampoco se quedaba atrás mi madre, que encorsetada en el ambiente patriarcal que la ceñía, me culpabilizaba por no mostrar interés por los hombres. Yo era por entonces una chiquilla que desconocía los mecanismos por los que se dejaba guiar mi enclaustrado entorno. Y lo que yo creía que era una debilidad impropia de una chica bien, al sentirme atraída por muchachas de mi edad, provocó que a lo largo de la adolescencia me debatiera entre seguir mi instinto o acatar lo que se esperaba de mí: contraer matrimonio y formar una familia.

Así pues, la Ángela que ahora yace de costado quiso ser la esposa perfecta y se encontró con un marido que la humillaba porque era torpe en el lecho. Al principio me enfrentaba a los comentarios despectivos e insultos que Óscar deslizaba cuando regresaba del trabajo. La torpeza se extendía a mis quehaceres: que si no sabía guisar, que si no limpiaba bien el piso. Y luego que si no teníamos hijos, que si esto o aquello… Las quejas hacían que me aturullara y buscara la forma de poner remedio a todo cuanto tenía que enmendar. Me esforzaba en no mostrarme esquiva correspondiendo a sus burdas caricias, le guisaba recetas que exploraba en libros de cocina, limpiaba con meticulosidad…

Él era quien mandaba sobre mí, porque así son las cosas, me decía, y yo, sumisa, temerosa de sus repentinos cambios de humor, acataba las normas. Me convertí en una doncella cautiva en su castillo de marfil, que tejía lágrimas para convertirlas en la maroma que anudaría a los barrotes del balcón. Imaginaba que la salvación treparía por la invisible soga.

Tras los insultos fueron llegando las golpizas. Luego de tres largos años aguantando injurias, bofetadas y patadas, adjunté a la demanda de divorcio un parte de lesiones. La ruptura matrimonial se fue demorando y la primera de las dos denuncias que emprendí cayó en saco roto. Regresé a casa de mis padres y no fui bien recibida. No me creían. Yo era un mueble desvencijado que respiraba, una planta que habían dejado de regar e iba languideciendo hasta morir. Me convertí en una mujer cuyos ojos, cada vez más grandes, parecían naufragar en un rostro desencajado. Así era yo, querida Adriana, con veintitrés años. Carente de recursos económicos, sin más estudios que los del Bachillerato, sin haber tenido opción a trabajar, porque debía permanecer en casa. Solitaria, sin amigas, con unos hermanos varones mayores que yo que se mofaban y me llamaban loca, que argüían que no encontraría a nadie que me aguantara. Un escollo en medio de la incomprensión.

Óscar acudía a comprar a la tienda que regentaban mis progenitores, como si no hubiera sucedido nada, y al atenderlo tras el mostrador, mi mente trazaba otras sendas, que transitaban más allá de reanudar la convivencia.

¿Por qué regresé con él? Lo hice porque creí que había cambiado. Lo hice porque él, sibilino, con falsas promesas, me ofrecía lo que me era vedado. Con mis exiguos ahorros retorné al hogar que me esperaba silencioso. Un hogar tan diferente a este en el que nos encontramos, Adriana, acogedor, enclavado en un lugar al que no podrán acceder nuestros verdugos.

El segundo parte de lesiones trajo consigo una segunda denuncia, la firma del divorcio y una orden de alejamiento como medida cautelar; un ingreso hospitalario, donde me restablecía de una brutal paliza y los desgarros ocasionados por la violación marital a la que fui sometida. Mi familia que tan reticente se mostró conmigo, comenzó a creer en mi realidad. Pero la Ángela ingenua, la Ángela que restañaba sus heridas a base de sondas y sueros, dejó de confiar en los suyos. En el horizonte se fue perfilando esta casa, donde nos hallamos. Soy la más veterana y por ello organizo talleres grupales. Recibimos formación y ayuda psicológica. De haber tenido algún hijo, me hubiera gustado que se pareciese a Leire. Una niña, para prevenirla de los errores cometidos unida a un ser despreciable que durante años me mantuvo anulada. No sé nada de él, Adriana. Quizá llegue el día que purgue el mal que me ha causado.

Cuán difícil es comenzar de cero, desgajada de la familia. Desde hace cinco años mi familia es otra: tengo hermanas y niños que son más sobrinos que los que me corresponden por lazos de sangre. Tú eres mi nueva hermana, Adriana, y confío en que seremos amigas, que un día los sollozos que escucho tras el tabique se transformarán en risas, que tus ojos castaños no emergerán de la palidez de tus mejillas, sino que armonizarán en tus delicadas facciones.

Sé cómo te sientes: aislada por la incertidumbre y reacia al contacto de tus compañeras, otras como tú y como yo, que arrastramos nuestras personales historias de angustia y sufrimiento. Sé que un día nuestra amistad nos hará fuertes, que el olor a comida te acercará a la mesa para compartir tu almuerzo o cena con nosotras, que comenzarás una nueva vida en la que nadie te juzgará, porque eres única y tienes una maravillosa hija que requiere de una maravillosa madre. Las yemas de mis dedos recorren lentas el tabique que nos separa. La quietud gobierna en una morada ausente de gritos, de gemidos, de llantos desgarradores. Espero el momento en que salgas de tu mutismo, para compartir confidencias y ayudarnos mutuamente a dejar atrás el pasado. Espero paciente una vez más que abandones tu cuarto y esboces un tímido intento de integración. Mientras tanto, continúo ovillada en la cama, quieta, silenciosa, en la calidez de la habitación contigua.

 

© José Manuel Muñoz Serrano.

Fragmento de “En días de cielo gris”

“A Héctor y Lucas les seduce el solitario ángulo de la calle que da inicio a un sombrío callejón. De todos los lugares que frecuentan ese es su preferido, ya que parece ser concebido a su medida.

La hora siempre la misma, rayana la medianoche. El mes favo­rito abril, con el perfume de azahar ciñéndolos en un sutil abrazo.

El tramo menos frecuentado del barrio, ya lo han constatado infinidad de veces. El anacronismo, delimitado por una tienda de artículos eróticos, convive con las ancianas casas de planta baja, que salpican sus ventanas enrejadas de geranios y gitanillas. El letrero luminiscente del establecimiento parpadea. Y sus par­padeos son cada vez más prolongados, de tal forma que cuando se cierne a intervalos la oscuridad, la luna cubre a ambos con su beso de plata.

Besos son también los que ellos se prodigan.

Un parpadeo. Un beso.

Otro parpadeo más prolongado y la boca principiando la ruta táctil: mejillas, frente, nariz, hasta llegar de nuevo a su origen: la carnosidad de los labios.

Entonces el letrero vuelve a cobrar vida, destacando impúdi­co el contenido que expone.

Héctor y Lucas se separan. Sus miradas bailan una breve e intensa danza de deseo, presta a ser satisfecha en unos minu­tos. Ninguna farola los alumbra. En los instantes que quedan a oscuras, reciben el eco en penumbra de una tenue iluminación lejana. Disfrutan de esos momentos. Cualquier sitio a los que acuden para amarse es mucho más cómodo, pero ese en concre­to, a mitad de camino de sus respectivos hogares, lo encuentran privilegiado. Único.

Otro fundido en negro, y las camisetas se desprenden, para ser intercambiadas en sus torsos antes de que llegue la rojiza cla­ridad, siguiendo las pautas de un improvisado e inocente juego.

Y así una noche y otra.

Y otra noche más… (…)”.

© José Manuel Muñoz Serrano.

Nuevo fragmento de “En días de cielo gris”

En cuanto la capturaron y le vendaron los ojos, se eliminaron sus referencias, el contacto con su orbe equilibrado. Se hallaba desorientada, sin energía para balbucear una sola palabra que ter­minara con el suplicio. Las preguntas eran gritos continuos cuyas respuestas no sabía. Agradecía los momentos de soledad, pero su ansiedad y angustia se incrementaban cuando de repente escu­chaba los chillidos de otros torturados o ruidos extraños que era incapaz de identificar. Entonces, en ese estado de aislamiento, iba perdiendo sus mermados mecanismos de defensa. En su lugar, aparecía una amalgama de imágenes en movimiento, sucedién­dose una tras otra. Vio desfilar en derredor a bestias mutiladas que la perseguían voraces. Ella trataba de huir y no sabía dónde esconderse y el cerco se estrechaba más y más, y ella se transfi­guraba en negro espíritu que se fragmentaba en alas de cuervos que emprendían el vuelo. De improviso, las imágenes aterradoras viraban a otras, combinadas con una onírica armonía. Se encon­tró vestida con los versos de Pablo Neruda, replegados por su cuerpo como si fuesen cendales, mientras que Víctor Jara, desde su esquina del paraíso, le remendaba los trozos de sus vinilos partidos, componiendo con su guitarra una canción solo para ella. Su mente mantenía una encarnizada lucha entre ensoña­ción y lucidez, en la que se imponía finalmente la convicción de que se precipitaba de forma ineludible al abismo, que no podría despedirse de los suyos y jamás volvería a reencontrarse con su amante. Un torbellino de pensamientos desbocados la empujaba a un desagüe, donde iba vertiendo los sueños que nunca vería cumplidos, los planes de futuro apenas trazados.

***

Los vericuetos del recuerdo la llevaban de la mano por los ya lejanos jueves de cine en la filmoteca. La conducían a la for­ma en que ambos se descubrieron desnudos entre las sábanas e interpretaron, a su estilo, el concepto de privación sensorial, impelidos por el frenesí pasional. Pero en la evocación ella no era quien tenía los ojos cubiertos, sino Humberto. Eliana, amparada por la fantasía, su única escapatoria para no desvariar, desapa­recía transformada en borrosa bruma gris, cruzaba el bosque y la ciudad empujada por el viento y reaparecía desnuda al lado de Humberto, en la cálida placidez del dormitorio. Le cerraba a él sus párpados con leves caricias. Le besaba los labios hasta dejárselos ahítos y, con un perfumado pañuelo de seda negro le ocultaba la visión de su desnudez… Ella lo guiaba experta por las travesías del placer, se convertía en su maestra, para que él, como buen aprendiz, explorase su cuerpo henchido de gozo a través del resto de sus sentidos y reconociera, usando las manos, cada recodo y sendero de su lechosa piel, abandonándose a la ti­bieza de las axilas, saboreando el néctar de un sexo abierto como pétalos de flor… (…)

© José Manuel Muñoz Serrano.