Fragmento de “En días de cielo gris” – Editorial Círculo Rojo

Eliana terminó de ayudarle. Los papeles los fue colocando junto a los que ella transportaría por la mañana. Cuando Hum­berto se tumbó boca abajo en la cama, Eliana cerró ventanas y cortinas. Siempre lo hacían por precaución. La luz de las velas era tan débil que los claroscuros acentuaban con inusitada plas­ticidad sus cuerpos desnudos, enredados entre los frunces de las sábanas, como si de una pintura de Caravaggio se tratase.

—Todo saldrá bien —le expresó ella, fingiendo una certidum­bre de la que carecía, soplando las velas, para evitar que viera el reflejo de sus lágrimas, el miedo destellado en sus ojos grises.

Y mientras sus pieles se licuaban de deseo y sus cuerpos se volvían un solo cuerpo con dos corazones latiendo al unísono, afuera cobraba vida el estremecimiento de quienes vivían sumi­dos en la injusticia, los llantos de quienes lloraban ausencias, el quedo lamento que nunca hallaba alivio…

Estuvo tentada de deshacerse del material, arrojando a la ba­sura los papeles que le quemaban al sopesarlos con las manos, pero eso hubiera sido algo imperdonable, una traición que no estaba dispuesta a asumir. Prefirió que no la ayudara a colocár­selos, ni siquiera miró cómo él se los volvía a poner. Él esperó paciente a que ella terminara y durante eternos minutos en silen­cio permanecieron frente a frente, en cueros, como si quisieran aprenderse de memoria las líneas de sus respectivos cuerpos, a la endeble luz del amanecer.

***

Su mente enhebraba sin cesar oscuros augurios. Temía perder­lo. Seguramente ambos ya estaban perdidos desde hacía tiempo…

Lo más sencillo fue llevar a cabo la tarea. Lo más complicado, en contrapartida, vivir los días posteriores con la zozobra de sen­tir una sombra pegada a sus espaldas…

 

© José Manuel Muñoz Serrano.

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Sinopsis y Booktrailer de “En días de cielo gris”

Sinopsis:

En días de cielo gris recoge una intensa novela corta que da título a este volumen y una selección de trece deslumbrantes relatos.

Déjate envolver por un sorprendente universo sensorial, en el que se desnudan las aristas del corazón: una desaparición forzosa y otra voluntaria, anverso y reverso de una misma moneda; unos abuelos a los que se les deniega el acceso a sus nietos y la violencia machista a través de diversos prismas; carencias afectivas que van emergiendo a raíz de un incidente en apariencia trivial; el abrazo de la añoranza y la nostalgia; irreparables ausencias que se enredan en el alma; la sombra parpadeante de los prejuicios; amores imposibles y silenciados; los laberintos de la memoria y las antesalas del olvido; evocaciones de una época lejana…

Unas historias que acarician la fibra de los sentimientos, que se aferrarán a tus emociones y sentidos en días de cielo gris, en los que nos llueve por dentro, pero las nubes quedan afuera.

Booktrailer:

 

Relato extraído de “En días de cielo gris” – Editorial Círculo Rojo, 2018

Parpadeos

La vida es un mero parpadeo. Abre los ojos y ciérralos.

Roger Wolfe

 

A Héctor y Lucas les seduce el solitario ángulo de la calle que da inicio a un sombrío callejón. De todos los lugares que frecuentan ese es su preferido, ya que parece ser concebido a su medida.

La hora siempre la misma, rayana la medianoche. El mes favo­rito abril, con el perfume de azahar ciñéndolos en un sutil abrazo.

El tramo menos frecuentado del barrio, ya lo han constatado infinidad de veces. El anacronismo, delimitado por una tienda de artículos eróticos, convive con las ancianas casas de planta baja, que salpican sus ventanas enrejadas de geranios y gitanillas. El letrero luminiscente del establecimiento parpadea. Y sus par­padeos son cada vez más prolongados, de tal forma que cuando se cierne a intervalos la oscuridad, la luna cubre a ambos con su beso de plata.

Besos son también los que ellos se prodigan.

Un parpadeo. Un beso.

Otro parpadeo más prolongado y la boca principiando la ruta táctil: mejillas, frente, nariz, hasta llegar de nuevo a su origen: la carnosidad de los labios.

Entonces el letrero vuelve a cobrar vida, destacando impúdi­co el contenido que expone.

Héctor y Lucas se separan. Sus miradas bailan una breve e intensa danza de deseo, presta a ser satisfecha en unos minu­tos. Ninguna farola los alumbra. En los instantes que quedan a oscuras, reciben el eco en penumbra de una tenue iluminación lejana. Disfrutan de esos momentos. Cualquier sitio a los que acuden para amarse es mucho más cómodo, pero ese en concre­to, a mitad de camino de sus respectivos hogares, lo encuentran privilegiado. Único.

Otro fundido en negro, y las camisetas se desprenden, para ser intercambiadas en sus torsos antes de que llegue la rojiza cla­ridad, siguiendo las pautas de un improvisado e inocente juego.

Y así una noche y otra.

Y otra noche más…

Hasta que en el albor de mayo la tienda erótica cierra los ojos, cansada de trasnochar y la oscuridad les vuelve dos amantes des­bocados, que no se conforman con besos ni caricias furtivas, ni tan siquiera con lucir la camiseta del otro. Se creen invisibles y se aíslan del ángulo de la calle, de las ancianas casas, del reclamo erótico de un escaparate enmudecido. Y entonces, sin importar­les que la luz se prenda de nuevo, se entregan a la pasión.

Pero de las sombras, agazapado, surge el odio… Una patada golpea a Héctor en el costado, luego un puñetazo el mentón de Lucas. Y cuando el establecimiento despierta del letargo se hallan tendidos en el suelo, semidesnudos, como muñecos rotos.

Y ya no hay más parpadeos capaces de ocultar su indignación.

© José Manuel Muñoz Serrano.

La habitación contigua – Relato

Sé cómo te sientes, Adriana. Eres el espejo en el que me miraba hasta hacía cinco años, los mismos que tiene tu hija Leire. Huidiza, durante varias horas al día, confías a la niña a las demás mujeres y te refugias en el cuarto que compartes con ella. Cierras la puerta y te gustaría que tuviese pestillo. Entonces, sin tú saberlo, sigo tus pasos, entro en la habitación contigua y me tumbo de costado en la cama. Si la pared no nos separase, nuestras manos se entrelazarían y las mías te transmitirían ese vigor del que careces. La sensación que estás viviendo la conozco. El miedo de que él te encuentre hurga en tu dolor, te retuerce. Presiento que encontrarás en mí el apoyo que necesitas, la destinataria de tus quebrantos. Todo es cuestión de tiempo…

Nunca debí casarme, Adriana. Jamás quise a Óscar. Si al menos alguien me hubiese escuchado cuando lo requería, no hubiera correspondido a las seductoras sonrisas de él. Mis hermanos y mi padre veían en él al joven ideal para que acabara con mis rarezas, las excentricidades de la retraída Ángela. Tampoco se quedaba atrás mi madre, que encorsetada en el ambiente patriarcal que la ceñía, me culpabilizaba por no mostrar interés por los hombres. Yo era por entonces una chiquilla que desconocía los mecanismos por los que se dejaba guiar mi enclaustrado entorno. Y lo que yo creía que era una debilidad impropia de una chica bien, al sentirme atraída por muchachas de mi edad, provocó que a lo largo de la adolescencia me debatiera entre seguir mi instinto o acatar lo que se esperaba de mí: contraer matrimonio y formar una familia.

Así pues, la Ángela que ahora yace de costado quiso ser la esposa perfecta y se encontró con un marido que la humillaba porque era torpe en el lecho. Al principio me enfrentaba a los comentarios despectivos e insultos que Óscar deslizaba cuando regresaba del trabajo. La torpeza se extendía a mis quehaceres: que si no sabía guisar, que si no limpiaba bien el piso. Y luego que si no teníamos hijos, que si esto o aquello… Las quejas hacían que me aturullara y buscara la forma de poner remedio a todo cuanto tenía que enmendar. Me esforzaba en no mostrarme esquiva correspondiendo a sus burdas caricias, le guisaba recetas que exploraba en libros de cocina, limpiaba con meticulosidad…

Él era quien mandaba sobre mí, porque así son las cosas, me decía, y yo, sumisa, temerosa de sus repentinos cambios de humor, acataba las normas. Me convertí en una doncella cautiva en su castillo de marfil, que tejía lágrimas para convertirlas en la maroma que anudaría a los barrotes del balcón. Imaginaba que la salvación treparía por la invisible soga.

Tras los insultos fueron llegando las golpizas. Luego de tres largos años aguantando injurias, bofetadas y patadas, adjunté a la demanda de divorcio un parte de lesiones. La ruptura matrimonial se fue demorando y la primera de las dos denuncias que emprendí cayó en saco roto. Regresé a casa de mis padres y no fui bien recibida. No me creían. Yo era un mueble desvencijado que respiraba, una planta que habían dejado de regar e iba languideciendo hasta morir. Me convertí en una mujer cuyos ojos, cada vez más grandes, parecían naufragar en un rostro desencajado. Así era yo, querida Adriana, con veintitrés años. Carente de recursos económicos, sin más estudios que los del Bachillerato, sin haber tenido opción a trabajar, porque debía permanecer en casa. Solitaria, sin amigas, con unos hermanos varones mayores que yo que se mofaban y me llamaban loca, que argüían que no encontraría a nadie que me aguantara. Un escollo en medio de la incomprensión.

Óscar acudía a comprar a la tienda que regentaban mis progenitores, como si no hubiera sucedido nada, y al atenderlo tras el mostrador, mi mente trazaba otras sendas, que transitaban más allá de reanudar la convivencia.

¿Por qué regresé con él? Lo hice porque creí que había cambiado. Lo hice porque él, sibilino, con falsas promesas, me ofrecía lo que me era vedado. Con mis exiguos ahorros retorné al hogar que me esperaba silencioso. Un hogar tan diferente a este en el que nos encontramos, Adriana, acogedor, enclavado en un lugar al que no podrán acceder nuestros verdugos.

El segundo parte de lesiones trajo consigo una segunda denuncia, la firma del divorcio y una orden de alejamiento como medida cautelar; un ingreso hospitalario, donde me restablecía de una brutal paliza y los desgarros ocasionados por la violación marital a la que fui sometida. Mi familia que tan reticente se mostró conmigo, comenzó a creer en mi realidad. Pero la Ángela ingenua, la Ángela que restañaba sus heridas a base de sondas y sueros, dejó de confiar en los suyos. En el horizonte se fue perfilando esta casa, donde nos hallamos. Soy la más veterana y por ello organizo talleres grupales. Recibimos formación y ayuda psicológica. De haber tenido algún hijo, me hubiera gustado que se pareciese a Leire. Una niña, para prevenirla de los errores cometidos unida a un ser despreciable que durante años me mantuvo anulada. No sé nada de él, Adriana. Quizá llegue el día que purgue el mal que me ha causado.

Cuán difícil es comenzar de cero, desgajada de la familia. Desde hace cinco años mi familia es otra: tengo hermanas y niños que son más sobrinos que los que me corresponden por lazos de sangre. Tú eres mi nueva hermana, Adriana, y confío en que seremos amigas, que un día los sollozos que escucho tras el tabique se transformarán en risas, que tus ojos castaños no emergerán de la palidez de tus mejillas, sino que armonizarán en tus delicadas facciones.

Sé cómo te sientes: aislada por la incertidumbre y reacia al contacto de tus compañeras, otras como tú y como yo, que arrastramos nuestras personales historias de angustia y sufrimiento. Sé que un día nuestra amistad nos hará fuertes, que el olor a comida te acercará a la mesa para compartir tu almuerzo o cena con nosotras, que comenzarás una nueva vida en la que nadie te juzgará, porque eres única y tienes una maravillosa hija que requiere de una maravillosa madre. Las yemas de mis dedos recorren lentas el tabique que nos separa. La quietud gobierna en una morada ausente de gritos, de gemidos, de llantos desgarradores. Espero el momento en que salgas de tu mutismo, para compartir confidencias y ayudarnos mutuamente a dejar atrás el pasado. Espero paciente una vez más que abandones tu cuarto y esboces un tímido intento de integración. Mientras tanto, continúo ovillada en la cama, quieta, silenciosa, en la calidez de la habitación contigua.

 

© José Manuel Muñoz Serrano.

Fragmento de “En días de cielo gris”

“A Héctor y Lucas les seduce el solitario ángulo de la calle que da inicio a un sombrío callejón. De todos los lugares que frecuentan ese es su preferido, ya que parece ser concebido a su medida.

La hora siempre la misma, rayana la medianoche. El mes favo­rito abril, con el perfume de azahar ciñéndolos en un sutil abrazo.

El tramo menos frecuentado del barrio, ya lo han constatado infinidad de veces. El anacronismo, delimitado por una tienda de artículos eróticos, convive con las ancianas casas de planta baja, que salpican sus ventanas enrejadas de geranios y gitanillas. El letrero luminiscente del establecimiento parpadea. Y sus par­padeos son cada vez más prolongados, de tal forma que cuando se cierne a intervalos la oscuridad, la luna cubre a ambos con su beso de plata.

Besos son también los que ellos se prodigan.

Un parpadeo. Un beso.

Otro parpadeo más prolongado y la boca principiando la ruta táctil: mejillas, frente, nariz, hasta llegar de nuevo a su origen: la carnosidad de los labios.

Entonces el letrero vuelve a cobrar vida, destacando impúdi­co el contenido que expone.

Héctor y Lucas se separan. Sus miradas bailan una breve e intensa danza de deseo, presta a ser satisfecha en unos minu­tos. Ninguna farola los alumbra. En los instantes que quedan a oscuras, reciben el eco en penumbra de una tenue iluminación lejana. Disfrutan de esos momentos. Cualquier sitio a los que acuden para amarse es mucho más cómodo, pero ese en concre­to, a mitad de camino de sus respectivos hogares, lo encuentran privilegiado. Único.

Otro fundido en negro, y las camisetas se desprenden, para ser intercambiadas en sus torsos antes de que llegue la rojiza cla­ridad, siguiendo las pautas de un improvisado e inocente juego.

Y así una noche y otra.

Y otra noche más… (…)”.

© José Manuel Muñoz Serrano.

Nuevo fragmento de “En días de cielo gris”

En cuanto la capturaron y le vendaron los ojos, se eliminaron sus referencias, el contacto con su orbe equilibrado. Se hallaba desorientada, sin energía para balbucear una sola palabra que ter­minara con el suplicio. Las preguntas eran gritos continuos cuyas respuestas no sabía. Agradecía los momentos de soledad, pero su ansiedad y angustia se incrementaban cuando de repente escu­chaba los chillidos de otros torturados o ruidos extraños que era incapaz de identificar. Entonces, en ese estado de aislamiento, iba perdiendo sus mermados mecanismos de defensa. En su lugar, aparecía una amalgama de imágenes en movimiento, sucedién­dose una tras otra. Vio desfilar en derredor a bestias mutiladas que la perseguían voraces. Ella trataba de huir y no sabía dónde esconderse y el cerco se estrechaba más y más, y ella se transfi­guraba en negro espíritu que se fragmentaba en alas de cuervos que emprendían el vuelo. De improviso, las imágenes aterradoras viraban a otras, combinadas con una onírica armonía. Se encon­tró vestida con los versos de Pablo Neruda, replegados por su cuerpo como si fuesen cendales, mientras que Víctor Jara, desde su esquina del paraíso, le remendaba los trozos de sus vinilos partidos, componiendo con su guitarra una canción solo para ella. Su mente mantenía una encarnizada lucha entre ensoña­ción y lucidez, en la que se imponía finalmente la convicción de que se precipitaba de forma ineludible al abismo, que no podría despedirse de los suyos y jamás volvería a reencontrarse con su amante. Un torbellino de pensamientos desbocados la empujaba a un desagüe, donde iba vertiendo los sueños que nunca vería cumplidos, los planes de futuro apenas trazados.

***

Los vericuetos del recuerdo la llevaban de la mano por los ya lejanos jueves de cine en la filmoteca. La conducían a la for­ma en que ambos se descubrieron desnudos entre las sábanas e interpretaron, a su estilo, el concepto de privación sensorial, impelidos por el frenesí pasional. Pero en la evocación ella no era quien tenía los ojos cubiertos, sino Humberto. Eliana, amparada por la fantasía, su única escapatoria para no desvariar, desapa­recía transformada en borrosa bruma gris, cruzaba el bosque y la ciudad empujada por el viento y reaparecía desnuda al lado de Humberto, en la cálida placidez del dormitorio. Le cerraba a él sus párpados con leves caricias. Le besaba los labios hasta dejárselos ahítos y, con un perfumado pañuelo de seda negro le ocultaba la visión de su desnudez… Ella lo guiaba experta por las travesías del placer, se convertía en su maestra, para que él, como buen aprendiz, explorase su cuerpo henchido de gozo a través del resto de sus sentidos y reconociera, usando las manos, cada recodo y sendero de su lechosa piel, abandonándose a la ti­bieza de las axilas, saboreando el néctar de un sexo abierto como pétalos de flor… (…)

© José Manuel Muñoz Serrano.

Sinopsis y nota de prensa de “En días de cielo gris” – Editorial Círculo Rojo

SINOPSIS

En días de cielo gris recoge una intensa novela corta que da título a este volumen y una selección de trece deslumbrantes relatos.

Déjate envolver por un sorprendente universo sensorial, en el que se desnudan las aristas del corazón: una desaparición forzosa y otra voluntaria, anverso y reverso de una misma moneda; unos abuelos a los que se les deniega el acceso a sus nietos y la violencia machista a través de diversos prismas; carencias afectivas que van emergiendo a raíz de un incidente en apariencia trivial; el abrazo de la añoranza y la nostalgia; irreparables ausencias que se enredan en el alma; la sombra parpadeante de los prejuicios; amores imposibles y silenciados; los laberintos de la memoria y las antesalas del olvido; evocaciones de una época lejana…

Unas historias que acarician la fibra de los sentimientos, que se aferrarán a tus emociones y sentidos en días de cielo gris, en los que nos llueve por dentro, pero las nubes quedan afuera.

NOTA DE PRENSA

“En días de cielo gris”, un paso más allá de las historias convencionales

Tras haber publicado toda su obra con Editorial Círculo Rojo, José Manuel Muñoz Serrano regresa con un volumen de relatos que no dejarán indiferente al lector.

CÍRCULO ROJO-.  Desde la adolescencia, José Manuel Muñoz Serrano siempre ha sentido la imperiosa necesidad de plasmar su mundo sobre el papel. Ahora, tras haber publicado toda su obra literaria en Editorial Círculo Rojo, el autor regresa con “En días del cielo gris”, un volumen de relatos que comienza en el convulso Chile de la dictadura de Pinochet. “Gracias a un metódico proceso de documentación, de la mano de Eliana Sacheri y Humberto Rodríguez, sus dos personajes principales, el lector deambulará por los recovecos del tormento y se hará eco de las desapariciones forzadas y del exiguo equipaje del exilio, que abrirá una ventana a la nostalgia”, confiesa Muñoz Serrano.

“En días de cielo gris” va dirigido a un público lector que desea huir de las historias convencionales y que encontrará una desaparición forzosa y otra voluntaria, anverso y reverso de una misma moneda; unos abuelos a los que se les deniega el acceso a sus nietos y la violencia machista a través de diversos prismas; carencias afectivas que van emergiendo a raíz de un incidente en apariencia trivial; el abrazo de la añoranza y la nostalgia; irreparables ausencias que se enredan en el alma; la sombra parpadeante de los prejuicios; amores imposibles y silenciados; los laberintos de la memoria y las antesalas del olvido; evocaciones de una época lejana… “En definitiva, disfrutará de unas historias que le calarán hondo, como mansa lluvia que acaricia el epicentro de sus sentimientos, mientras las nubes quedan afuera”, sentencia el escritor.

© José Manuel Muñoz Serrano.