Reflejos de luna plateada – Poema extraído de mi libro “Pieles en penumbra”

Si algún día el pasado regresara…

 

Si pudiera volver a amarte,

y mis manos tuvieran la dicha

de sentir el trémulo roce de tu piel,

yo renacería una y mil veces

entregado al abrazo de tu amor,

para de nuevo adorarte y besarte,

dejando atrás el lodazal de mi vida,

de amargo y perenne sabor a hiel.

 

Amanece mi deseo y enseguida

se extingue, se deshace cual niebla

en jirones, desgarrada por cálidos

y vigorosos dedos del vespertino sol.

 

Tu nombre y rostro se disuelven,

entrelazados en cruda tiniebla

de la cruel y egoísta despedida,

que elabora del dolor su crisol.

 

La débil luz del alba intenta teñir

con su placidez mis desvelos,

que inundan de oscuro pesar

mi existencia, atribulada y herida.

 

Mas siento que sólo viajo a la deriva,

buscándote bajo infinitos cielos,

en lugares donde la delgada y sutil

línea del vasto horizonte se difumina.

 

Jamás podré saber del funesto penar

que ensombreció de congoja tu alegría,

ni de las afiladas y cortantes espinas

que desgarraron con perfidia tu corazón.

 

Y por más que invoco tu presencia,

y lanzo al viento de la angustia mi voz,

no hallo respuestas a mi desolación,

a la creciente aflicción de mi consciencia.

 

Te sumergiste en una ciénaga,

de azabaches y pútridas aguas

una glacial y maldita madrugada…

 

Y allí acudo para rescatar de su superficie

tus pálidos reflejos de luna plateada,

ese efímero y esquivo atisbo de ilusión

de reencontrarte, mi lucero, mi pasión.

 

© José Manuel Muñoz Serrano.

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Las páginas del viento – Tercer Premio del IV Certamen Literario “Universo de cartas de amor y/o desamor”

No necesito girar la cabeza para comprobar que te hallas justo detrás de mí. Reconozco el olor de tu característico perfume y el carraspeo de fumador empedernido que te delata cuando estás nervioso. Ni siquiera preciso que esboces saludo alguno para saber que, a partir de ese justo instante, dispondremos de diez días para nosotros dos. Sin embargo, mientras Belén rebusca en los bolsillos de su desmadejada rebeca las monedas para pagar su material escolar (dos cartulinas rojas, un bote de pegamento y unas tijeras), no puedo evitar mirarte de soslayo y, de manera casual, formularte sin ambages la misma pregunta que repito cada vez que nos encontramos, en los diferentes escenarios que nos ofrece esta ciudad de provincias: “¿Cuándo has venido, Agustín?” Con la ingenua mueca impresa a tus carnosos labios, con la que haces desaparecer de un plumazo los pesares que he ido acumulando por tu ausencia, respondes lacónico: “Esta mañana, Adela”.

Belén sabe que durante algo más de una semana no cenaré en casa. Almorzaré frugalmente para, a continuación, bajar del piso acompañada de Angustias, con el fin de atender la clientela de la tienda de ultramarinos. Una vez acabada la jornada laboral, dispondré de suficiente tiempo para acicalarme.

A sus nueve años es una chiquilla avispada. Sus ojos color miel, tan similares en tonalidad a los míos, sonríen discretos al salir de la papelería. Quedas rezagado unos minutos y, cuando nos alcanzas, le entregas a la niña el volumen en formato bolsillo de una preciosa enciclopedia ilustrada que has comprado para ella. Estoy segura que ese, y no otro regalo, será el que evidencie el recuerdo material al que me tienes acostumbrada.

“Otra vez está aquí él, ¿verdad?”, me reprocha Angustias, robando la poca intimidad que anhelo, mientras me maquillo frente al tocador. “Él tiene nombre y apellidos”, le suelto, “no hace falta que te dé explicaciones”. Ella se queda quieta cual estatua, con los brazos cruzados y apoyada indolente en el vano de la puerta, con ese gesto severo tan suyo que le avinagra el carácter, siempre vestida de negro, como si viviera un luto perpetuo. “No te da vergüenza, Adela. Bueno, no la tienes… ¿Qué pensarían en el pueblo si se enterasen? Si Belén contara algo, ya sabes, es una cría…”. No le contesto, puesto que no merece la pena. Nuestra sobrina no es boba, apenas habla con sus padres por teléfono o les escribe. La madre no parece echarla de menos durante el curso, enfrascada en la crianza de su hijo, el varón de la casa, como se jacta ufano su padre, que apenas asistirá al colegio y heredará cuando alcance los veintiuno las tierras. Ya te lo he referido, Agustín: no comprendo a Angustias, ni mucho menos a mi otra hermana, Elena. Esta última es un pobre pelele, manejada por su marido, Manuel. Desde adolescente pensó que los brazos de mi cuñado serían su liberación, qué equivocada estaba… Y luego para qué, para seguir cuidando a nuestro padre que la despreció desde que era una mocosa, que ni siquiera asistió a su boda porque se casó preñada de un hombre que no quería para su hija. El viejo cascarrabias… Ella no es quién para darme lecciones de moral. Tampoco Angustias, que hizo que lo nuestro nunca llegara a buen puerto, sembrando cizaña con sus malas artes. Por eso, cuando se me presentó la oportunidad, porfié para que Belén (por fin la has conocido), no se quedara en el pueblo y vegetara como su madre. “Nosotras no tuvimos la oportunidad de estudiar, Angustias. La niña se labrará su futuro lejos de ellos”, le referí cuando cumplió los cuatro años.

Tu hija tiene la misma edad que Belén. Vi sus fotos la primera vez que me abriste las puertas de tu hogar. No te dio tiempo a ocultarlas en un cajón. También me fijé en tu mujer, que salía con ella, posando sonriente. Muy guapa, te dije, sin mostrar trazas de celos. Y cuando quisiste justificarte, te sellé los labios con una de mis manos. No quise saber nada de tu esposa, una joven morena, de largos cabellos oscuros; ni de la pequeña, con esos ojos almendrados verde oliva heredados de ti, que me sedujeron cuando apenas contaba dieciséis años. Así es, no quise saber nada de ellas, porque no quería bucear en los pliegues de tu pasado. No era mi intención que inventaras excusas inverosímiles acerca de los verdaderos motivos que te condujeron a volverme a ver, hace ahora un lustro.

Lo recuerdo como si hubiese sucedido ayer mismo. Fue una mañana de comienzos de febrero. El agudo tintineo de las campanillas de la tienda sonó para indicar la entrada de un nuevo cliente. Creí desfallecer al verte entrar, como si fueses un fantasma. Empalideció mi rostro de tal modo que Angustias pensó que me sucedía algo. Cuando se percató que eras tú, portando un ramo de doce rosas blancas, primorosamente envuelto en celofán, supo que el pasado regresaba con la brusquedad de una bofetada.

La mojigata de Angustias suspiraba por ti y no soportaba que estuvieras enamorado de mí. Se valió de innumerables ardides para romper nuestra relación. Un verano te marchaste con tu familia a la capital y ya nunca más regresaste. Los estudios, me decían tus padres, que sí continuaron acudiendo con periodicidad al pueblo. Es un muchacho muy estudioso, Adela. Y te escribía, a la dirección que ellos me proporcionaron, largas e inconexas cartas como la que ahora te escribo. Guardo estas misivas en un lugar inaccesible para mi hermana, sin embargo, las que te enviaba, impulsadas por un corazón desbocado, no recibían respuesta. De ellas no albergo copia. Estoy segura que, si me lo propusiera, las reproduciría milimétricamente.

Aprendí a perdonar con el tiempo. Tanto a ella como a ti, Agustín. Con Elena no podía contar para desahogar mi pesadumbre; ni mucho menos con mamá, que languidecía en el lecho como consecuencia de su prolongada enfermedad. Por eso, tras su muerte, hicimos las maletas Angustias y yo y nos trasladamos con lo puesto a esta deprimente ciudad de provincias.

Los días que estoy contigo la ciudad va adquiriendo una luminosidad diferente. Fantaseo con el hecho de que me convierto en tu esposa, resplandeciendo en el anular de la mano derecha la alianza de brillantes que me entregaste, al año siguiente de tu aparición en el umbral de la tienda que Angustias y yo regentamos. Luzco coqueta el conjunto de lencería parisino que me diste hace dos y me embriago con gotas de suave esencia de gardenias, del frasco con el que me obsequiaste recientemente.

“Quítate de en medio, Angustias. Ya me hiciste mucho daño, ¿no te parece? Me da igual que me trates como si fuera una vulgar ramera, me es indiferente. Está casado, sí. Está felizmente casado y tiene una hija. Me llena el oído de falsas promesas, de palabras vanas y zarandajas, pero yo le deseo”. Sé que se apartará para dejarme salir, farfullando y lanzándome maldiciones veladas para después ponerse a rezar un rosario. Sé que me esperará despierta al alba, lo sé porque compartimos dormitorio y es incapaz de disimularlo. Luego le apreciaré los rastros de insomnio: las mejillas mortificadas por leves ojeras que a lo largo de los días le irán dejando su impronta, hasta verse obligada a suavizarlas con la ayuda de mi contorno de ojos. Es tan retorcida que teme verse sola, Agustín. Piensa que cometeré la locura de irme lejos contigo.

No hemos necesitado telefonearnos, ni escribirnos, para reencontrarnos cada primero de febrero. El reflejo del escaparate de una boutique, el parque cercano a casa, el trayecto del bulevar o una papelería son los lugares en los que coincidimos desde que me buscaste con el ramo de flores.

“¿Cuándo has venido, Agustín?” “Esta mañana, Adela”.

Y la piel erizándose como a los dieciséis, cuando tus manos guiaban las mías en un tímido baile de la verbena popular. La sensación de que me falta el aire y el suelo parece desgajarse en pétalos a mis pies. Me refugio entonces en los confines de tu sonrisa, y busco en la quietud de la noche tus lisonjas. Me desnudo el alma entre tus brazos, en busca de ese placer que me consume…

“Ojalá todo fuera sencillo, Adela”, me susurras. Y yo sello tus palabras con besos fugaces.

“No hables, no digas nada”, te ruego, y nos convertimos en amantes de medianoche, en ladrones de caricias furtivas, amparados por el cercano rumor del río. Las palabras enmudecen en tu garganta y las mías se dispersan en estos escritos sin destinatario, cobijadas por el hálito de tu cuerpo enredado en el mío. En tus dedos que recorren mis pechos sin premura, sabios, que prosiguen su senda sin detenerse, creo renacer una y mil veces… Durante diez días soy otra Adela, la Adela amante, esposa, madre. Porque fantaseo con que Belén sea nuestra hija, y la imagino estudiando en el colegio de pago de la tuya. Y me veo a mí misma reflejada en el tosco espejo de la fantasía, acompañándote a las cenas de los congresos de medicina forense, en lugar de tu mujer.

Paseamos por las calles cogidos de la mano, sin importarme que cualquier cliente asiduo nos pueda sorprender. Qué más da lo que ellos digan, que vivan su vida y dejen la de los demás en paz. Mi vida es gris pardo, como la rebeca de mi sobrina, llena de remiendos. Mi existencia despierta de su letargo cuando estás conmigo, Agustín.

Esta noche tocaré el timbre y esperaré paciente a que me abras. Escribo con la mente estas apresuradas palabras que luego volcaré en papel, en unas páginas mecidas por el desvelo. Las sábanas de tu alcoba nos acogerán. La calefacción invitará, después de amarnos como si no hubiera un mañana, a degustar los manjares que dejarás preparados en una fuente de cristal. Y al día siguiente volveremos a vernos, y al otro, y al otro, y será como el primer día… Y así, estoy segura, continuarán transcurriendo los años, enfrentada al azogue de la realidad, a las incipientes arrugas que irán acumulándose bajo los párpados, agolpándose en las líneas de expresión. Belén irá creciendo, como tu hija, y tu adorable esposa desconocerá que una mujer la suplanta cada primero de febrero. Una mujer que seguirá escribiendo infatigable estas epístolas, las páginas que arrastra el viento…

 

© José Manuel Muñoz Serrano

Parpadeos – Relato

“La vida es un mero parpadeo.

Abre y cierra los ojos”.

Roger Wolfe.

 

A Héctor y Lucas les seduce aquel solitario ángulo de la calle, que da inicio a un sombrío callejón. De todos los lugares que frecuentan ese es su preferido, ya que parece ser concebido a su medida.

La hora siempre la misma, rayana la medianoche. El mes favorito abril, con el perfume de azahar ciñéndolos en un sutil abrazo.

El tramo menos frecuentado del barrio, ya lo han constatado infinidad de veces. El anacronismo, delimitado por una tienda de artículos eróticos, convive con las ancianas casas de planta baja, que salpican sus ventanas enrejadas de geranios y gitanillas. El letrero luminiscente del establecimiento parpadea. Y sus parpadeos son cada vez más prolongados, de tal forma que cuando se cierne a intervalos la oscuridad, la luna cubre a ambos con su beso de plata.

Besos son también los que ellos se prodigan.

Un parpadeo.

Un beso.

Otro parpadeo más prolongado y los labios iniciando la ruta táctil: mejillas, frente, nariz, hasta llegar de nuevo al origen: la carnosidad de los labios.

Entonces el letrero vuelve a cobrar vida, destacando impúdico el contenido que expone.

Héctor y Lucas se separan. Sus miradas bailan una breve danza de deseo, presta a ser satisfecha en unos minutos. Ninguna farola los alumbra. En los instantes que quedan a oscuras, reciben el eco en penumbra de una tenue iluminación lejana. Disfrutan de esos momentos. Cualquier sitio a los que acuden para amarse es mucho más cómodo, pero ese en concreto, a mitad de camino de sus respectivos hogares, lo encuentran privilegiado. Único.

Otro fundido en negro, y las camisetas se desprenden, para ser intercambiadas en sus torsos antes de que llegue la rojiza claridad, siguiendo las pautas de un improvisado e inocente juego.

Y así una noche y otra.

Y otra noche más…

Hasta que en el albor de mayo la tienda erótica cierra los ojos, cansada de trasnochar y la oscuridad les vuelve dos amantes desbocados, que no se conforman con besos ni caricias furtivas, ni tan siquiera con lucir la camiseta del otro. Se creen invisibles y se aíslan del ángulo de la calle, de las ancianas casas, del reclamo erótico de un escaparate enmudecido. Y entonces, sin importarles que la luz se prenda de nuevo, se entregan a la pasión.

Pero de las sombras, agazapado, surge el odio… Una patada golpea a Héctor en el costado, luego un puñetazo el mentón de Lucas. Y cuando el establecimiento despierta del letargo se hallan tendidos en el suelo, semidesnudos, como muñecos rotos.

Y ya no hay más parpadeos ni fundidos en negro capaces de ocultar su indignación.

 

© José Manuel Muñoz Serrano

 

Un pez llamado Gabriel – Relato

Querido Gabriel:

 

Quizás esta carta carezca de importancia, pero siento una irrefrenable necesidad de escribirla y hacértela llegar. Cuando la termine la dejaré enrollada, como si fuera un cilindro, y anudada con una cinta azul, situando un extremo de ésta cercano al cuello de la botella donde la depositaré, entre un lecho de arena y diminutas piedras. Surcará mares y océanos, moviéndose errante entre enormes bancos de peces de colores, como aquellos que tanto te gustaban, hasta detenerse en una lejana playa. Te imagino como un pescaíto más, pequeño Gabriel, como dice Patricia, tu madre; como te conocimos todos los que te seguimos a través de los informativos y sentimos la angustia por tu pérdida. Así te veo yo, que soy para ti un desconocido, porque tu cielo, un firmamento bordado de estrellas o un campo sembrado de girasoles perdido en la lejanía, está inmerso en las profundidades de los mares, en océanos de rizada espuma blanca.

Tu dulce sonrisa, esa tierna inocencia propia de la corta edad, agarrada a esos ocho años inmortalizados por un retrato, quedará prendida en los corazones que se estremecieron a lo largo de los días de tu desaparición, y del trágico desenlace. Ese ser perverso, surgido de las entrañas del infierno, te privó del milagro de la vida, pero no pudo robarte la magia que irradias y nos transmites.

Cuán difícil es que no sintamos ira y rabia ante un crimen tan macabro, como nos han pedido tus padres. Sin embargo, has conseguido transformar a un pedacito de la sociedad: a quienes conservan un ápice de humanidad y a quienes creemos en los valores y en el tejido de los sentimientos.

Qué complicado me resulta escribirte y no dejarme arrastrar por la indignación y el dolor. Quisiera usar un lenguaje sencillo para que me entiendas, pequeño Gabriel, sin mostrarte el odio que me estremece…

Te echamos tanto y tanto de menos… No puedo evitar emocionarme y, sin embargo, quisiera corresponder a tu sonrisa. Te sentimos como parte de la familia: hijo, hermano, primo, sobrino.

No soy padre y no puedo, aunque lo intente, ponerme en el lugar del tuyo, Ángel, que sin saberlo convivió con tu asesina, su reciente pareja que tú despreciabas. Tampoco puedo ponerme en la piel de Patricia, tu madre, cuya fortaleza es digna de admiración y elogio. No pretendo hacerlo porque sería una falta de respeto por mi parte. Lo que sí te aseguro es que puedes estar orgulloso de ellos, Gabriel, porque han demostrado mantenerse firmes ante la adversidad, ante las terribles circunstancias, luchando incansables, aferrados a la esperanza de volverte a ver.

Tu espíritu habita con nosotros, se mueve al compás del viento, de esas nubes que cubren de gris las tristezas y las despejan luego para mostrar las alegrías. Has hecho sacar lo mejor de cada uno de nosotros. Desde el primer minuto centenares, miles de personas, estuvieron aportando su granito de arena para localizarte. Y los que no pudimos participar en tu búsqueda, desde lugares dispares de la geografía, del mundo, te abrimos hueco en nuestro pensamiento.

Quisiera que sepas que tus padres están más unidos que nunca. Ellos necesitarán de tu ayuda, Gabriel. Enséñales a caminar de nuevo, sostenlos si caen o desfallecen, porque se encontrarán perdidos si tú no les envías una señal, si no les guías.

¿Sabes? Me encantaría que conocieras a una joven muy especial, a mi hermana pequeña Hermi. Ella se marchó, como tú, pero más mayor, como consecuencia de una cruel enfermedad, cuando la vida le sonreía y comenzaba a disfrutar de un buen trabajo, de un hogar, de la vida en pareja, de mil proyectos que bullían por su mente. Igual que tú, ella permanecerá enredada en el recuerdo de los que la amamos. Estoy seguro de que te encontrarás con ella, Gabriel, porque los seres únicos se reconocen, aunque jamás se hayan visto. Su color favorito es el de sus ojos, el azul, y es un ángel que irradia luz, como tú.

Te tenemos presente, querido niño. Por eso te pido que nades. Nada muy lejos, pececillo, y cuando estés agotado, descansa en lechos de coral. Estas páginas bucearán contigo, a tu lado. Algún día el barquito que las transporten, una simple botella verde, se quedará varada en la playa de otro país. Tal vez quien la encuentre la vuelva a lanzar al abrazo de las aguas, a tu particular cielo, a ese inmenso cultivo de girasol que compone tu canción favorita, y vuelva a acompañarte un trecho de tu largo viaje hacia el infinito.

Ojalá así sea.

He de despedirme, pequeño Gabriel, el llanto enturbia mis ojos y me impide continuar. Pero será una despedida breve, te lo prometo, un paréntesis en la eternidad…

 

© José Manuel Muñoz Serrano

 

Abro y cierro los ojos – Relato

Cierro los ojos y el resto de mis sentidos me encamina a los lejanos años de preescolar, donde la niñez dibujaba la vida con colores diáfanos. Voy palpando una especie de recipiente de plástico. Las yemas de mis dedos exploran su superficie lisa y suave, diríase que brillante, hasta tropezar con lo que parece ser un tapón de rosca. Sí, es cierto, se trata de una tapadera que, al girarla, permitirá descubrir lo que contiene su interior. No me causa temor alguno introducir la mano. Me encuentro con varios objetos similares, no sabría determinar la cantidad. Quizá se trate de rotuladores de punta gruesa, con los que hubiera podido pintar cartulinas durante horas, si volviera a ser de nuevo un crío. Seguro que se trata de un estuche cilíndrico. Quisiera describir su olor, aprehenderlo, pero el tiempo lo ha desvanecido, como se disipa la esencia de la sencillez. Una simple evocación y me recreo transportando esa suerte de estuche en una vieja mochila, herencia de mis hermanos, de casa a la escuela, de la escuela a casa, o bien llevándolo agarrado por su asidero, que se encuentra en la parte superior, porque los libros ocupan todo el espacio de la mochila. Y voy con él al hogar de los abuelos, mientras mis padres trabajan, para terminar la tarea escolar. Tiento el rugoso cordón que conforma su asidero. Es uno de esos cordones trenzados de lana, simple, que se elabora con la ayuda de alguien. Tú tiras hacia la derecha y yo a la izquierda, y cuando notes que se va rizando y tensando, lo unimos en un extremo. Si me dejara arrastrar por la ensoñación, el recipiente se transformaría en un precioso cofre. Yo iría creciendo, haciéndome mayor, y en él albergaría secretos, las pequeñas y tímidas historias que germinan en la cabeza y requieren ser maduradas, para dejarlas luego ocultas, que nadie pueda robarlas. Y lo que pudiesen ser rotuladores, se convertirían en aquellas palabras que se aturullan en el corazón y no encuentran salida. No solo una palabra, ni dos, ni tres, sino frases, cientos, miles, que se desbordan en manantiales de deseos, de sueños que se perpetúan cada noche, buscando hacerse reales. Tal vez si mi lengua lo explorase y jugase con el misterioso cofre o estuche, con el receptáculo de deseos o sueños, el sabor me recordaría al de galletas remojadas en leche a la hora de la merienda. Sin embargo, no puedo probar esa sensación porque, de repente, me arrebatan el objeto y huye la magia…

Abro los ojos y el vacío se instala entre mis manos. Dejo ser el niño que se ilusionaba con cualquier cosa que captara su atención, o el adolescente que hilaba pensamientos con aroma de sueños. El presente me despierta. Lo cotidiano me invita hoy a contemplar sereno, desde el ventanal, un cielo preñado de nubes grises, el melancólico reflejo de un invierno que pronto, muy pronto, sucumbirá por la caricia de la primavera.

 

© José Manuel Muñoz Serrano

 

 

De cicatrices y silencios – Fragmento

No se despidieron porque sus miradas ya lo habían hecho. Expresaron sin ambages un transitorio adiós. Vasile salió del estudio y, una vez fuera, desfallecido, se dejó resbalar apoyando su espalda en la puerta, poco a poco, hasta quedar sentado sobre el felpudo. Desprotegido, se abrazó las rodillas y se mantuvo en la misma posición, hasta que sus extremidades comenzaron a entumecerse y la luz del exterior, procedente de la ventana de cristal esmerilado del rellano, comenzó a bañarlo en imprecisos tonos índigos. No lo llegaría a saber nunca, pero Zana hizo lo mismo que él. El insignificante grosor de la puerta los separaba. Una muralla que cosía, con el invisible y frágil hilo del sentimiento, cicatrices y silencios.

 

© Del texto: José Manuel Muñoz Serrano.

© De la ilustración – Melancolía: José Manuel Muñoz Serrano.

Un calcetín rojo – Relato

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo.

Últimamente extraviaba cosas, objetos insignificantes que parecían cobrar vida propia y aparecían días más tarde en sitios insospechados. Al principio le restaba importancia, puesto que siempre se había considerado una mujer bastante despistada; sin embargo, desde hacía unos cinco meses, las frecuentes confusiones y lagunas de memoria iban dejándole un poso de desasosiego. Apenas salía ya sola a la calle, ni siquiera se fiaba de acudir a la panadería, por temor a perderse en las calles del pueblo, que conocía como la palma de la mano. Por esa razón, le entregó una copia de llave a su amiga de toda la vida, vecina puerta por puerta, que a pesar de desaprobar el comportamiento de Palmira de ocultar lo que le sucedía a su hija Raquel y a su yerno Ignacio para no preocuparlos, procuraba no cuestionarla.

Ellos tienen su vida, no quiero ser una carga. Mientras me puedas ayudar con las compras y las comidas como hasta ahora estás haciendo -no sabes cuánto te lo agradezco-, necesitaría que pensaran que continúo defendiéndome bien.

El calcetín rojo… ¿Dónde lo habré puesto?, se repetía una y otra vez.

Una semana antes, su nieta Alba le regaló envuelto en brillante papel de arcoíris unos calcetines rojos.

¿Pero qué voy a hacer con esto puesto, cielo? Le preguntó tras rasgar el envoltorio y descubrir lo que contenía. Acto seguido, se miró las medias grises, de las que apenas se desprendía a lo largo del año, como si fuesen su otra piel.

El gris formaba parte de su vida desde que enviudó. El negro fue esclareciéndose sutilmente de su vestimenta, hasta quedarse afianzado en tonalidades grises. La pequeña Alba, a diferencia de sus compañeras de clase que alardeaban de abuelas más jóvenes, veía en Palmira a una mujer de color gris: el rostro macilento y el cabello recogido en un severo moño ceniciento; la rebeca gris claro; la falda que le llegaba a mitad de las pantorrillas, de un gris marengo o pardo. Más que una persona de carne y hueso, semejaba una ajada fotografía antigua, o por qué no, el fotograma de uno de los personajes femeninos de avanzada edad de cualquiera de las películas en blanco y negro a las que su padre era aficionado.

Después del almuerzo, su hija Raquel la telefoneó diciendo que acudiría poco antes de la merienda a visitarla con la niña. Por ese motivo, de manera inconsciente, recordó el regalo de cumpleaños de su nieta. Fue como el atisbo de un tímido rayo de luz en la neblina de su mente.

¿Por qué no darle una sorpresa luciendo los calcetines rojos?

Así pues, dejando a un lado las labores de costura (el complicado bordado floral que la mantenía ocupada, imprimiéndole a su cotidianidad pinceladas de color), se dirigió al dormitorio que utilizaba pese a las reticencias de su hija y abrió el cajón principal de la cómoda. Encontró sólo uno, que destacaba como un náufrago en el remolino grisáceo de pañuelos y toquillas. Escudriñó los demás cajones y luego, tras revolver todas las prendas que contenían y colocar sobre la colcha de la cama el calcetín estirado, prosiguió con el armario de dos puertas. Registró de manera concienzuda las baldas y demás cajones. No la sorprendió ningún destello rojizo. Blusas, jerséis y vestidos; bragas, medias, más bragas y más medias; la combinación de suave encaje, vestigio del ajuar, que había remendado infinidad de veces. Un océano de olas de ceniza desperdigado por el suelo.

Y el tiempo, cómo no, transcurriendo fugaz…

El inconfundible sonido del vehículo de Raquel hizo que volcara en el suelo el contenido del último compartimento del armario, que segundos antes descansaba ordenado. Comenzó a ponerse nerviosa. Apartó con los pies la ropa, metiéndola debajo de la cama para evitar tropezar con ella y se sentó en una silla. Se quitó la alpargata y se desprendió de la media izquierda. Se colocó apresurada el calcetín rojo, subiéndolo hasta la rodilla y se volvió a calzar. Al menos, la niña vería que su intención había sido buena, que la abuela Palmira era moderna como las abuelas de sus amigas.

Ya aparecerá tu compañero, refirió en voz alta, hablando con el calcetín. Y nada más decirlo, el agudo campanilleo del timbre le hizo levantarse de un respingo. Bajó las escaleras lo más ligera que pudo, como la artrosis le permitía.

No entiendo el motivo de que sigas usando el dormitorio de arriba, si Ignacio y yo te preparamos un confortable cuarto en la planta baja, mamá, le refirió Raquel tras saludarla. Ella hizo oídos sordos al inicio de la discusión prodigando besos y mimos a la pequeña Alba. Ésta se percató de que tenía puesto uno de los calcetines, pero fue prudente y no le preguntó por qué no llevaba puesto el otro. Le susurró al oído que estaba muy guapa y, a la vez, pensó que no se hacía del todo a desprenderse de las sempiternas medias.

¡Tengo un regalo que te va a gustar más!, exclamó. Cierra los ojos, abuela, y no me hagas trampa…

Sacó de su mochila escolar un collar de cuentas azules que elaboró la víspera en el colegio, en clase de plástica. Se dispuso solícita a dejárselo en el bolsillo derecho de la rebeca, pero su mano se topó con una abultada barrera de lana. Haciendo pinza con los dedos pulgar e índice, descubrió el calcetín rojo perdido, que tuvo que extraer para poner en su lugar el collar. Alba nunca llegaría a saber que su abuela Palmira lo había estado buscando sin cesar durante una hora, que le hubiese hecho feliz hallarlo por sí misma.

 

© José Manuel Muñoz Serrano.